LÁGRIMAS DE ESPERANZA o SI ME QUIERES NO VENGAS A VERME…

lagrimas de esperanza

 Jesús se acercaba a las personas, escuchaba, tocaba, acariciaba, curaba, con su palabra y sus gestos solidarios, su contacto con lacarne, el cuerpo y el alma. Esta cercanía de Jesús a nuestra realidad total, carne y espíritu -Él, que es la Palabra hecha carne-, obraba y obra hoy, a través de los sacramentos y sus gestos (imposición de manos, unción, aspersión con agua bendecida…), el milagro de la curación, de la liberación del miedo, del amor. Jesús no solo no despreció a los necesitados, leprosos, pecadores, enfermos, abandonados…. sino que se hizo “carne como su carne”, se “despojó de su rango” y “se hizo uno de tantos” metiéndose en las llagas del dolor, físico o moral, para dar vida, esperanza, salvación.

Su ejemplo ha sido seguido por miles depersonas a lo largo de los siglos y en las situaciones más dramáticas vividas por la humanidad. Hombresy mujeres, en muchos casos anónimos, al lado de sus hermanos sufrientes en epidemias, guerras, desastres naturales… compartiendo, luchando hasta la extenuación, consolando, ofreciéndose… es verdad, y nuestro padre y patrón san Agustín, nos lo recordaba, que el cristiano (y por extensión cuantos hacen el bien en su vida) no puede rehuir el martirio, pero tampoco arrojarse imprudentemente a él; del mismo modo la Iglesia no puede renunciar a llevar a quien pide o necesita los sacramentos, pero tampoco causar “daño” o poner en riesgo a otras personas. Este es uno de los dramas que viven hoy tantas personas dispuestas a darlo todo, pero, al mismo tiempo, conscientes de que no todos los medios para hacerlo son los más adecuados y que hay que aprender a vivir una comunión, un abrazo, una cercanía “distante físicamente”. Lágrimas a distancia, te ayudo “sin tocarte”, una palabra acompañada de una sonrisa “con mascarilla” y un “te quiero” sin abrazo… es así y duele en el cuerpo y en el alma.

¿Quién en estos días y ante esta situación no ha llorado en silencio? “Aquí se llora y se sufre” ha recordado el Papa Francisco. Aquí, en cada persona y en cada situación se hace presente Jesús, con toda su carne, con todo su espíritu. Me han servido de consuelo laspalabras de Mons. José Rico Pavés, obispo de Getafe: “Queridos hermanos sacerdotes: algunos de vosotros habéis comentado que resulta muy duro celebrar la Eucaristía a solas, con laspuertas de vuestras iglesias cerradas. ¡No sintáis vergüenza de regar con vuestras lágrimas el altar! ¡Llorad, sí, llorad por vuestros fieles, llorad con ellos, y presentad vuestras lágrimas al Señor!”. Mantenemos en estas circunstancias la responsabilidad personal, pensando en el bien de todos, y buscamos dar un sentido a cuanto estamos viviendo. Estamos detenidos, parados, encerrados… quienes estamos acostumbrados a las prisas, los encuentros, los viajes… y esto necesariamente ha de tener un significado, un sentido, que ha de preservar nuestra vida de sentirse sin rumbo, arrojada por las olas del destino, sin encuentro con el Amor que guía nuestra vida hasta el encuentro definitivo con Él.

Escribía Hannah Arendt que las crisis “nos obliga a volver a las preguntas”. Existe un nexo entre nuestra conciencia personal y nuestra relación con la realidad. Quien se ha preguntado por el sentido de su vida, su vocación y misión es capaz de percibir con fuerza cuanto está sucediendo y sucede cada día en la vida y no abandonará nunca la esperanza por dura que sea la realidad. No olvidamos que la fe es un don que Dios regala a quien se lo pide, ofrece un horizonte último de respuesta que está relacionado con la pregunta primera sobre el sentido de la vida, del dolor, de la felicidad… No tenemos todas las respuestas, pero sabemos quién las tiene, por eso el “¿por qué?”, se transforma en un “¿para qué?”. Y ahí nos quedamos, confiando… como María, S. José… y tantos hombres y mujeres de fe y de compromiso, de esperanza y de lucha, de mirada al cielo y a la tierra…

El lugar de los hombres y mujeres de buena voluntad, el lugar de la comunidad cristiana está al lado de las personas; allí donde hay heridas, dolor, soledad… con la palabra, la ayuda, las llamadas y visitas, el consuelo y la solidaridad, la responsabilidad y el civismo… La Iglesia, cuerpo de Cristo, no puede sino estar a los pies de la Cruz. Allí, en la cruz, por paradójico que parezca, está la fuerza, la vitalidad y también la esperanza. El amor, en estos momentos, ha de manifestarse “fuerte como la muerte” porque se trata de amar aquí, amar primero y solo amar. La pasión que Jesús vivió sigue viviéndose en nuestro país, en nuestro pueblo; los “pasos” están ya en nuestras calles; las “saetas” rasgan nuestros corazones; las cruces pesan sobre nuestros hombros… y también la Luz de la esperanza, “luz de los faroles”, que romperá la noche: "No hay mayor amor que dar la vida por los amigos". Acercarse al Cristo que sufre en cada uno, no es debilidad, es la raíz de la fuerza para acercarse después a los hermanos; tenemos la certeza de que el corazón misericordioso del Señor permanece abierto, aunque las puertas de muchas iglesias deban estar cerradas.

Por eso, y asumiendo con total realismo y serenidad, que, sin haberlo previsto ni imaginado, todas las urgencias, agendas repletas, programaciones, entrevistas, reuniones, encuentros, viajes… “se han caído hasta nuevo aviso”, he querido escribir y compartir “con normalidad”, este artículo. Lo hago desde la gratitud a todos por la responsabilidad y la colaboración que estamos mostrando, en el cumplimiento de las normas que nos han sido dadas por las autoridades sanitarias, políticas y religiosas y desde la esperanza de que, esta experiencia personal y colectiva de fragilidad, nos lleve a vivir una profunda experiencia de Dios, de solidaridad y fraternidad, de oración que nos permitan ir descubriendo los signos de Dios en esta intemperie en la que parece nos encontramos sumergidos.

San Agustín en las Confesiones escribía. “Enferma una persona amiga y su pulso anuncia algo fatal, y todos los que la quieren sana enferman con ella en el alma; sale del peligro, y aunque todavía no camine con las fuerzas de antes, hay ya tal alegría entre ellos como no lahubo antes, cuando andaba sana y fuerte”. Es un canto a la esperanza.

En estos momentos de incertidumbre y también de fuerza, de fe y gestos extraordinarios de solidaridad humana, el Papa Francisco mira a Nazaret, mira a la Virgen, nuestra madre y ora: “Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe (…) Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos sometidos a pruebas y líbranos de todo peligro, oh gloriosa y bendita Virgen”. Amén

J.D.A.