Las crisis son siempre una oportunidad…

Nadie desea vivir una experiencia negativa, de dolor y sufrimiento, de ruptura de la “normalidad” de la propia vida y relaciones y hábitos cotidianos, pero hay situaciones en la vida, y no necesariamente tan dramáticas como la que estamos viviendo, que lo alteran todo. El confinamiento al que estamos todos sometidos, encerrados en un espacio íntimo del propio hogar es una auténtica novedad en la vida cotidiana. Salíamos de casa, volvíamos cansados después de un día complicado; saludábamos rápido a la pareja, los hijos, un poco de tele, descansar y volver…   hemos perdido la “libertad de movimientos” el ir y venir libremente en el que prácticamente todos nos encontrábamos…  pero también, estoy seguro, hemos ganado “algo”. Nadie quiere las crisis, claro que no, ni las sanitarias, ni las económicas, ni las familiares…  pero estas llegan y hay que vivirlas y aprender a ser más humildes, atentos, solidarios y agradecidos por cuantos, antes anónimos, ahora se hacen presentes en mil formas de ayuda.

 

La vida activa ha seguido, en los casos en los que ha sido necesario y posible, pero ha tomado gran fuerza, sin necesidad de entrar en el convento, la vida contemplativa; la vida exterior ha disminuido y ha crecido la vida interior y esta realidad ha llevado a preguntarnos ¿cómo pasar tantas horas, solos algunos, conviviendo en espacios reducidos otros, sin poder gozar de la luz del sol, tantos…? Hemos tenido que recuperar la creatividad que, tal vez, la monotonía y el ritmo marcado de los días había anulado, y aplicarla a una situación totalmente nueva y también hemos aprendido a ejercitar la paciencia mutua (“Señor, dame paciencia… pero rápido”) y la tolerancia para evitar o, al menos, minimizar los conflictos propios de la convivencia diaria entre padres, hijos, hermanos… Sin duda, aunque esto solo cada uno podrá decirlo, una ocasión para  crecer “interiormente”, para hacer  “limpieza” de tantas cosas superfluas,  para  recobrar lo esencial del encuentro,  abrir conversaciones que nunca habríamos hecho con la pareja, los padres, los hijos…, leer libros que teníamos pendientes o recuperar los de la estantería, cocinar platos con los que nunca nos habíamos atrevido, rezar en comunión con todos para pedir la fuerza de la fe, escuchar aquella música maravillosa que nos trae  tan buenos recuerdos y nos “saca” del espacio físico reducido… para darnos ánimo mutuamente, practicar la vida comunitaria, descubrir todo aquello que nos une, todo lo que “de verdad importa en la vida”.

No sé cómo será la situación cuando se publique esta reflexión compartida. Tal vez los niños puedan jugar ya por las calles acompañados de sus padres y pintando de colores, sueños y alegría el aire, los ancianos salir a tomar un poco el sol sentados en sus sillas con la mirada al horizonte, pensando en sus familias y en “sus ausencias” y tal vez los adultos podamos asumir ya una normalidad tan deseada de trabajo y relaciones. Esa es la esperanza apoyada en la convicción de que llegaremos a ese momento si continuamos haciendo piña, sintiendo que formamos todos parte de una comunidad, de un pueblo que debe mantenerse unido y vivir responsablemente cada situación. De nuestras acciones depende también la suerte de quienes nos rodean, del mismo modo que nosotros dependemos también de ellos. Y no olvidemos la reflexión, que no dudo estamos haciendo todos, acerca de qué es lo que podemos aprender de esta situación vivida que nos marcará para siempre y, Dios quiera, nos haga vivir más atentos a la vida, a los demás, al día a día, a cada momento…

Durante la pasada semana santa y también ahora durante este tiempo de Pascua, hemos participado, en los modos en los que ha sido posible a cada uno, de la victoria de Jesús sobre el dolor y la muerte.  Desde esta experiencia puede que ambas realidades, dolor y muerte, que forman parte de la vida, nos den menos miedo y, al mismo tiempo, nos permitan abrir un espacio cada vez más grande para el amor.  Hay hombres y mujeres que, de experiencias duras salen más fortalecidos, más unidos interiormente y, por ello, más hermanos.  No se acabarán las dificultades y la vida seguirá siendo frágil, pero amanecerá de nuevo, Dios quiera, una humanidad renovada.  Nos recordaba el papa Francisco que “Vivir y Amar están estrechamente unidos: se vive solo cuando la vida se deja plasmar del amor”.  Por eso y para esto Cristo ha resucitado. Ánimo a todos, caminamos, vivimos, luchamos, soñamos…  siempre con esperanza.

J.D.A.