Un plan para regresar…

Empiezo con una cita del gran filósofo Séneca que más o menos decía: “Sin reflexión no podemos ser artífices de nuestra vida”. Ciertamente hemos tenido ocasión, más de la nunca hubiéramos imaginado, de estar solos con nosotros mismos, de cultivar la vida interior, de reflexionar con calma y de dialogar sin mirar el reloj, de “aburrirnos” y ser creativos, de llenar de vida el silencio. Y probablemente hayamos podido descubrir que, tanto a nivel personal como social, lo que nos cambia de verdad no son tanto los hechos en sí mismos, sino la reflexión serena que hacemos sobre ellos. Nos ha “sucedido algo” y tratamos de meditar, comprender, descifrar los porqués, las consecuencias, las implicaciones que ello ha tenido y tiene para nuestra vida. Quien deja “resbalar” los hechos, esforzándose por mantenerse al margen de los mismos, no cambia automáticamente.

 

Si no nos paramos a pensar en lo que hemos vivido, en lo que nos ha pasado no aprenderemos, todo seguirá igual, volveremos a lo que ya conocíamos, nada cambiará. Y, sin embargo, la situación que hemos vivido y estamos todavía viviendo, parece una herejía decirlo, “algo bueno ha tenido que traer” y tendremos que descubrirlo, de lo contrario, volveremos “a las andadas”. Parece insultante que una situación tan dolorosa y dramática para tantos millones de personas en todo el mundo pueda traer “algo bueno”, pero la experiencia histórica enseña, que tras la noche oscura sale siempre el sol luminoso del nuevo día o, dicho en cristiano, que tras la cruz viene siempre la salvación y, con ella, un nuevo modo de vivir, de relacionarnos.

En estos meses de camino “interior” más que “exterior”, por hacer una primera lectura positiva del confinamiento obligado, hemos podido descubrir, no tengo duda, cosas buenas que cada uno puede identificar. Tal vez, en la ausencia física, hemos descubierto la conexión digital a través de la que, de un modo diferente pero seguro bien sincero y emocionante, hemos compartido sentimientos, deseos, sueños y frustraciones;  hemos recuperado contactos y relaciones humanas que teníamos “olvidadas” o que estaban cubiertas por el polvo de los meses  o los años;  hemos activado la capacidad de adaptarnos a las situaciones, que es una característica propia de los seres vivos  y que, tal vez, no habíamos experimentado en otras situaciones.  

Los expertos hablan de  la resilencia que es esa capacidad de “resistir como un junco”, incluso en los  más terribles huracanes,  sin rompernos ni quedarnos doblados en el suelo; es esa enorme capacidad de superación, de no quedarnos paralizados por el miedo,  no solo a nivel personal sino social, la que ha permitido que se hayan  adaptado, de la noche a la mañana y sin ensayo previo, los hospitales, las residencias de ancianos, las escuelas, el modo de enseñar y aprender, la iglesia, los museos, el ocio, los transportes… todo a costa de grandes sacrificios, es verdad, pero también de una gran visión llena de creatividad y esperanza.  Y, mientras hacíamos todo eso, el cielo se ha visto más limpio y los caminos de la casa común más verdes, pletóricos, llenos de vida… y eso ha sido bueno para todos.

Ahora que parece que vamos viendo un poco de luz al final del túnel y, sin olvidar jamás a quienes se han quedado atrás merecedores de nuestra oración y respeto, podemos recuperar grandes proyectos y sueños y es justo que así sea, pero recordemos que,  para no regresar al pasado ni construir sobre el aire, es necesario valorar el actuar de cada día, lo  ordinario, cuotidiano,  cercano… es el más importante porque nos pone en relación con el entorno humano más inmediato a nuestra vida formado por la familia, los amigos, compañeros…  que son las personas más valiosas. No dejemos para “otro momento”  mantener el cultivo la vida interior, el silencio frente al ruido y las prisas;  la prioridad de las relaciones humanas profundas frente a la superficialidad de los encuentros;  los momentos compartidos con los hijos apoyándoles en sus procesos de aprendizaje y maduración junto a los profesores y la escuela sin caer en la tentación cómoda de delegar la educación; las conversaciones con los ancianos, enfermos o los vecinos “del quinto” a quienes hemos podido conocer un poco más y frente a los cuales no queremos “pasar con indiferencia”; las celebraciones, también de la fe y los momentos de oración compartidos por todos recordando que los primeros transmisores de la fe y de las tradiciones religiosas son los padres, la familia; los gestos de solidaridad según las propias posibilidades…y Dios quiera, y sobre todo,  cuidando la salud, podamos recuperar el trabajo,  fundamental para rehacer la propia dignidad y la propia vida.

La vida tiene y tendrá siempre un fondo incierto que lo vivido en estos meses ha puesto en primer plano…pero esta verdad no tiene que ensombrecer la lucha por el futuro, al contrario, nos recuerda que éste e va construido sobre bases sólidas y valores que nos hacen más humanos como los que hemos vivido en estos días y siempre contado con la aportación de cada uno pues cada “ladrillo” es importante para hacer un muro sostenible.   Si no actuamos así, es probable que la próxima epidemia, que llegará cuando nadie la espere, vuelva a cogernos “desprevenidos interior y exteriormente” y se lo lleve todo por delante. Lástima que, en ocasiones, tengamos tan poca memoria y tantas veces “tropecemos en la misma piedra”. Pero esta vez no será así: ánimo, saldremos de esta situación más reforzados para afrontar los nuevos retos que no son pocos. Caminemos siempre con realismo y esperanza.

J.D.A.