VERBOS PARA CONJUGAR TRAS EL CORONAVIRUS

P. Ángel López

“Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

(Mt 11, 28)

Estamos en tiempos de “descalada” de la montaña en la que nos ha instalado el COVID-19. Nos subió de improviso a una montaña desconocida. Desconcertados, vivimos un tiempo de zozobra y angustia en la cima. No fue fácil aclimatarse. Estábamos desprovistos de equipaje. Muchos no lo pudieron resistir. Otros están bajando heridos. De una forma u otra todos estamos “tocados”. Allá arriba nos ha faltado “oxígeno”, y remedios médicos  de supervivencia. Demasiado frío en tiempos que asomaban a la primavera.

Sin ninguna pretensión, cerca ya de la “normalidad”, se me ocurría ofrecer unos verbos para conjugarlos personalmente y en familia. Tal vez sea bueno. Su orden no tiene ningún valor de importancia sobre otros.

 

Actuar. Hemos visto durante la pandemia grandes y pequeñas acciones que nos dieron otra perspectiva y esperanza. No ha sido solo los que estaban en primera fila. Millones de acciones sencillas han cambiado el mundo. Tan sencillas como llevar el pan a la casa de una anciana impedida. ¿Qué pequeñas acciones podemos seguir haciendo?

Seleccionar. Nos han cansado tantas noticias sobre los contagios, las muertes y los curados. Con mezcla de grandes bulos y mentiras. Es cuestión de cribar noticias con la verdad. Contrastar, no dar crédito a todos los WhatsApp que nos llegan. El móvil va a necesitar un descanso mayor.  ¿Qué podemos hacer para no ser esclavos de noticieros manipuladores de la verdad?

Fortalecer. Nuestra familia. Tal vez ha recibido fractura porque el virus se ha llevado a alguno de los nuestros, amigos o compañeros. El dolor y la ausencia hacen daño. A veces, quiebran la unidad de la familia. Es la hora de construir lazos más fuertes entre nosotros. Apoyar nuestras fortalezas, perdonar nuestras debilidades. ¿Qué podemos hacer para nuestras familias mantengan la unidad?

Agradecer. La vida como regalo y como don. Es tiempo para que nuestros sentidos abracen todos los buenos tiempos de nuestra historia personal y familiar. Y para agradecer el don de cada uno. Cada uno configura la identidad de nuestro hogar. Decírselo. Sin ellos nuestra familia sería distinta. Y agradecer a Dios el regalo de cada uno. Si no somos capaces de darnos gracias, algo falta en la familia. ¿Qué podemos hacer para ser más conscientes del regalo de nuestra familia, para darnos gracias y para dar gracias a Dios?

Abrazar. Rompiendo con las lágrimas derramadas y contenidas. Demasiado tiempo hemos vivido con dudas, con miedos, con silencios programados. Con un corazón añorado de abrazos y de ternura. Cuando el desconfinamiento lo permita, llenemos nuestros encuentros de cariño y de besos. No tanto para resarcir la prohibición del tiempo pasado, cuanto para mostrar lo mucho que nos necesitamos y queremos. ¿Qué podemos hacer para que nuestro hogar esté adornado de esperanza y de cariño?

Programar. El tiempo. Lo hemos tenido que hacer durante el confinamiento. Hemos tenido que hacer revivir nuestra creatividad. Los niños lo necesitaban. Los mayores hemos tenido que matar la rutina para reinventar nuestro horario y actividades. Toca replantear nuestros horarios y nuestras prioridades. No todo es tan importante como antes. Muchas cosas no son urgentes. La hiperactividad nos ha pasado también factura. ¿Qué podemos hacer para que nuestros tiempos en familia sean de más calidad?

Vivir. Vivir la vida. Durante este tiempo hemos vivido, de cerca o de lejos, la muerte. Ha sido compañera de información y de desinformación. La muerte se ha hecho número. Incierto, cambiante, mentira. La muerte forma parte de la vida. La muerte es puerta a la otra vida. La vida resucitada en Jesucristo. No hemos de conjugar la muerte sino la vida. Y hacer que los conflictos, discusiones y heridas entre nosotros no rompan nuestra armonía familiar. Matar las pequeñas muertes de olvidos, de desamores. Nuestro amor sabe perdonar. ¿Qué podemos hacer para vivir más plenamente?

Dar. Dar vida. Hemos aprendido mucho de la generosidad de tantas personas que han dado lo mejor de ellos mismos. Al frente de la enfermedad y en la retaguardia. En los oficios más nobles y en los oficios más sencillos. Estos, los más sencillos, han salvado el país durante la pandemia. Cada uno desde su responsabilidad y buen hacer. Han dado vida a un país atrapado por la incertidumbre de un virus que acarreaba muerte. Hemos visto y sabido de entregas  llenas de heroicidad. En lo grande y en lo humilde. En la Unidad de Cuidados Intensivos y en las colas de Caritas. ¿Qué podemos hacer para que nuestra generosidad solidaria sane la soledad o el hambre?

Confiar. Que el virus no nos arrebate la confianza. En nosotros mismos y en nuestra familia. Confiados, hemos de construir nuestro proyecto familiar. Firmes en la fe en nosotros mismos, en cada miembro de casa y fe en Dios. En ese Dios que, a veces, como en este tiempo de oscuridad, no lo vemos claro; ni le vemos como Padre amoroso de sus hijos que sufren el absurdo de un bicho invisible a los humanos, pero que destruye y mata. No te importe que estés confuso y enfadado con ÉL. Tampoco nos entendemos nosotros ante tanto abandono y divorcio. Pero confía. Pídele que no nos deje. Que su amor no abandone a su pueblo. ¿Qué podemos hacer para que en tiempos de oscuridad veamos la luz de Dios que nos llama a construir un mundo mejor?

Cuidar. Cuidarnos nosotros. Cuidar nuestro cuerpo. Cuidar nuestros ancianos que nos dieron todo. Cuidar nuestra mente y nuestro espíritu. Cuidar nuestra espiritualidad, sin dejarla para los momentos de angustia. Cuidar nuestra relación. La buena relación es lo que define la calidad de nuestro amor y del aire que respira la familia. Cuidar nuestra relación con Cristo. Él también vivió el desconcierto, la injusticia y la muerte por otro virus contagioso: el odio. Cristo hizo algo impensable: resucitó con la promesa de que el que crea, también resucitará. La VIDA nueva es el horizonte que Él nos señala. Al que nos dirigimos. ¿Qué podemos hacer para cuidarnos mejor en esos aspectos?

Resumiendo

  • Nadie nos dijo a qué “montaña” nos subía el COVID-19, ni cuánto tiempo estaríamos allí arriba, confinados y desprotegidos.
  • El Coronavirus nos ha quitado vidas, nos ha dejado desconcertados y con angustia. Ante su venida, nadie puso a tiempo el botón “Stop emergencias”.
  • El coronavirus nos ha hecho tomar conciencia de que somos vulnerables. La técnica más sofisticada nada puede con los virus más refinados.
  • El coronavirus nos llama a una vida de cuidados. Nos llama a no perder la esperanza de una vida con otras prioridades.
  • En el horizonte de nuestras vidas siempre está Cristo, muerto y resucitado. “He venido para que tengáis vida y vida abundante” (Jn 10,10).

Pautas de lectura

Repasar todos los verbos. Subrayar lo que más nos impacta. Señalar los que nos han “tocado” más. Responder a sus preguntas.

Buena reflexión y diálogo.