10. La verdadera familia de Jesús – Mc 3, 31-35

0. Oración: Espíritu Santo

 

1. Lectura del texto: Mc 3, 31-35 (LECTIO)

. En la familia encontramos ánimo y fuerza para seguir adelante. Sin su apoyo nos sentiríamos derrotamos en las luchas cotidianas.  Un apoyo único, desinteresado que encontramos también entre quienes no están unidos a nosotros por lazos de sangre. Alguien se convierte en un amigo y con él nos sentimos escuchados, en familia; con él compartimos y su apoyo nos ayuda.

. Compartimos: personas que no son de mi familia sanguínea pero que siento tan cercanas como la propia familia o más…

. Hoy contemplamos que, a partir de Jesús, vivir como familia cristiana ayuda a entender y vivenciar qué es el Reino.

. En el pasaje de Mc Jesús habla de su familia y es curioso porque él, con su estilo de vida y su enseñanza, rompió con la institución familiar tal como se entendía en la época. Una vida célibe e itinerante, sin esposa, sin hijos, sin hogar fijo, no era ni habitual ni bien vista. Sus palabras y sus gestos remitían a la voluntad de Dios, pero rompían con el mandato del Creador: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28) y con otras leyes como la del sábado o las normas de pureza.

. Para sus familiares Jesús “estaba loco” (Mc 3, 21); para los maestros de la ley estaba “poseído por un espíritu impuro” (Mc 3, 30). Él, sin embargo, se había rodeado de un grupo de discípulos con quienes compartía y vivía el proyecto del Padre (Mc 3, 13-19): unas nuevas relaciones paternofiliales y fraternales en las que se hacía visible el ideal del Reino. Además, enseñaba y curaba en una nueva casa, siempre abierta a quienes quisieran formar parte de esa nueva familia (Mc 1, 29; 2, 1).

En el contexto del pasaje se da un fuerte contraste: frente al nuevo pueblo/familia de Dios (los doce y los que escuchan a Jesús) se presenta a los parientes de sangre y a los maestros de la Ley, que rechazan la revelación de Jesús. “Solo desprecian a un profeta entre los suyos, entre sus parientes y en su casa” (Mc 6, 4).

 

En el pasaje el centro es Jesús. Mientras algunos siguen al Maestro y lo escuchan, otros lo persiguen y pretenden hacerse escuchar. Unos dentro de casa, sentados; otras se quedan fuera, al margen, de pie.

. vv 3, 21.31-32 ¿quiénes buscan a Jesús? ¿Por qué?

La madre y los hermanos de Jesús llegan a una casa donde un círculo de gente lo rodea, escuchándolo, pero no entran. Desde fuera envían a llamarlo. Dentro, una persona transmite el recado: “Tu madre… están ahí fuera y te buscan” Una situación normal, sin nada especial que reseñar.  Según la mentalidad cabría esperar que un maestro de las cosas de Dios fuera el primero en honrar a sus padres y en respetar los lazos familiares y que, por lo tanto, Jesús dejara el círculo de quienes le escuchan para ir a atender a su madre y sus hermanos.

Sin embargo, el v. 21 nos ha alertado del propósito de los familiares al ir en su búsqueda: tenían “la intención de llevárselo a la fuerza, porque decían que estaba loco”. Jesús ha puesto en marcha su proyecto, pero su familia no lo entiende. Está edificando su propia casa, el hogar de los hombres y mujeres que escuchan su palabra, que viven sus valores del Reino, que se han dejado curar y liberar. Su antigua familia cree que con esta actuación está rompiendo las leyes del pueblo elegido, que es un “hijo rebelde” que deshonra el buen nombre familiar, y, por ello, están en su derecho de llevárselo (Dt 21, 18-21: leer).

. vv 3, 31-35: grupos que aparecen y su actitud

La familia pretende desvincular a Jesús de su misión. Dentro un grupo de hombres y mujeres le escuchan, rodean. Estas son las actitudes que definen al verdadero discípulo, mientras que estar fuera, de pie, no querer entrar es la actitud de quienes son creen en él ni aceptan su mensaje. De esta forma el evangelista orienta al lector invitándole a entrar en la nueva casa y en la nueva familia de quienes quieren seguir a Jesús. La decisión de hacerlo puede tener algunas rupturas sociales, culturales, familiares, como asó ocurrió. De alguna forma es como empezar de nuevo.

. vv. 3, 33-34: Jesús, reacciona, identificando a su verdadera familia

Frente a la familia carnal que quiere imponer sus normas Jesús reacciona con un gesto y unas palabras.  Mira a quienes están sentados con gesto de acogida, de discipulado; están sentado alrededor, en posición de igualdad, ninguno destaca como ocurre en el mundo.  Y unas palabras escandalosas. “Estos (y no vosotros mis parientes de sangre) son mi madre y mis hermanos”.  La afirmación es fuerte: niega todo valor a los lazos de sangre frente a los lazos de la fe. Hay una casa, una familia que se rige por criterios nuevos, por valores nuevos.

. v 3, 35: y precisa más

Lo propio de la nueva familia de Jesús es “hacer la voluntad de Dios, del Padre”. Algo que Jesús buscó toda su vida y que podría interpretarse de diferentes maneras. Los escribas se centraban en el cumplimiento riguroso de la Ley y la familia de sangre de Jesús se mantenía fiel a las costumbres sociales, seguros de que eso era lo que Dios quería. Pero Jesús entiende que cumplir la voluntad de Dios es acoger la buena noticia del Reino y formar una nueva fraternidad en una nueva casa. Es una familia que tiene como único Padre al Dios bueno y misericordioso en quien no hay varones-jefes que imponen su ley.

. v. 35: valor de “hermano y hermana”

En la nueva familia de Jesús no hay discriminación de sexos. Frente a la mentalidad de la época que minusvalora a las mujeres Jesús presenta una nueva comunidad con nuevas relaciones. Porque todos son “hermanos y hermanas” rige la fraternidad. Se redimensiona la figura de la autoridad hacia el servicio (Mc 10, 42-45: Pero Jesús los llamó y les dijo: "Sabéis que, entre los paganos, los que son tenidos por gobernantes tienen sometidos a los súbditos, y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; más bien…”).

La familia humana, aunque pertenece al plan divino tiene sus límites, no solo porque presenta una gran variedad de formas y estructuras según la cultura y la época sino también y especialmente porque la familia de sangre no se agota en sí misma. Está llamada a generar en su convivencia y crecimiento la semilla del Reinado de Dios que se caracteriza por unas relaciones paternales, filiales y fraternales nuevas, donde se haga visible que Dios es amor en relación. De este modo la familia será levadura que fermente la masa de la vida social.

. Profundizamos:

En las primeras generaciones cristianas quienes abrazaban la fe en Jesús tenían que abandonar a su familia de sangre, pagana o judía. Ello se debía a que la religión abandonada solía formar parte esencial de la familia de origen y el creyente, al no poder compartir con ella la religión, tampoco podía seguir compartiendo la intimidad familiar. Por eso vivían con mucha intensidad la entrada en la nueva familia, familia de la fe, familia de Jesús.

 

. Leemos Lc 1, 26-38: ¿es Mc 3, 35 un reproche a María o un maravilloso elogio?

. LG, 11: “… en esta especie de Iglesia doméstica, los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno, pero con un cuidado especial la vocación sagrada”.

 

Quienes en el siglo XXI nos acercamos a este pasaje nos preguntamos por la figura de José, el padre de Jesús. Poco se puede añadir al respecto. Algunos señalan que habría ya muerto, otros que el evangelista no quiso atender a su figura para subrayar con más fuerza la centralidad de la opción que había hecho Jesús para él y los suyos: la paternidad de Dios.

 

.  “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica». Por eso, para escuchar la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús, basta abrir la Biblia, el Evangelio. Pero estas páginas no son leídas, son escuchadas. Escuchar la Palabra de Dios es leer y decir: '¿pero a mí esto qué me dice, a mi corazón? ¿Qué me está diciendo a mí, con esta palabra? Y así nuestra vida cambia. Cada vez que hacemos esto es escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón…”No una oración cualquiera, sino la unión familiar con Cristo, donde poder encontrar cotidianamente su mirada y escuchar la pregunta que nos dirige a todos: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y poderle responder serenamente: “Señor, aquí está tu madre, aquí están tus hermanos. Te los encomiendo, son aquellos que tú me has confiado”. La vida del pastor se alimenta de esa intimidad con Cristo.  (Homilía del papa Francisco, 23 de septiembre de 2015).

 

. El bautismo nos introduce en una nueva realidad: la de ser hijos de un mismo Padre y hermanos de todos los miembros de la Iglesia, porque así lo dijo Jesús. La paternidad o maternidad física, siendo muy importantes, no lo constituyen todo para la persona. Porque cada hombre o mujer no depende únicamente de sus progenitores, sino sobre todo de Dios, que da el ser a todo cuanto existe.

 

2. Miramos la vida (MEDITATIO)

La Palabra nos pone ante un espejo en el que nos miramos para ver dónde estamos respecto a Dios. Si Marcos viniera hoy nos diría:

. La importancia de sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su Palabra. Una actitud humilde y confiada que supone un cambio de prioridades. ¿Dedico tiempo a la escucha de la Palabra? ¿Me sitúa ante Jesús en actitud de discípulo?

. No debemos confiar en presuntos “derechos” sobre Jesús.  La relación de cercanía a él no depende de méritos, trayectoria personal ni parentesco; se fundamenta en la escucha de su Palabra. ¿He pensado alguna vez que, por ser buen cristiano Jesús tiene que portase bien conmigo, proporcionándome algún beneficio o impidiendo que me suceda algún mal?

. La escucha ha de llevarnos a poner en práctica sus palabras, hacer germinar la semilla en la tierra de nuestra vida.  ¿Cómo transforman las palabras de Jesús lo que pienso, siento, digo? ¿He experimentado algún cambio desde que escucha y medito la Palabra como discípulo en camino?

. La dificultad de la escucha de la Palabra y el abandono de su familia de sangre. ¿Qué significa para mí vivir en una familia nueva?

. La escucha lleva a un camino, un recorrido que guiados de la Palabra y la confianza debemos recorrer como familia y comunidad.

 

3. Convidados a rezar (ORATIO-CONTEMPLATIO)

Distintas actitudes ante las palabras de Marcos. Tal vez a veces nos quedamos “fuera” del círculo de Jesús, no escuchamos como discípulos; otras veces sí nos sentamos con humildad a sus pies y escuchamos.

. Agradecemos al Señor la posibilidad de escuchar su Palabra, de meditar junto a otros discípulos de Jesús. Agradecemos la luz de la fe que compartimos con la comunidad, con la Iglesia.

. Presento al Señor mi propia ambigüedad: la fe humilde en el Señor y la excesiva confianza en los propios “méritos” que me dieran “derechos” sobre Jesús

. Pido luz para discernir entre lo que me pone a mi en el “centro” y lo que me sitúa en la órbita de Jesús

. Recordamos a las familias que quieren hacer un hogar en el que Jesús nazca de nuevo. Pedimos por las que tienen dificultades para vivir su fe y celebrarla

. Contemplo el misterio de Dios que, en Jesús, se acerca a nosotros, que nos reúne en torno a él, nos acoge, nos toca, nos cura, actúa a favor nuestro.

4. ¿Hacia dónde nos encamina el Espíritu? (ACTIO)

. Compromiso de vida

. Oración: Páter

Apéndice:   Los hermanos de Jesús:

En la Biblia leemos que los habitantes de Nazaret, hablando de Jesús, decían: «Este es el Hijo del Carpintero y su Madre es María, es hermano de Santiago, José, Simón y Judas, y sus hermanas también viven aquí entre nosotros.» (Mt. 13, 55-56). En otra parte de la Biblia leemos: «Un día Jesús estaba predicando y los que estaban sentados alrededor de él le dijeron: «Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan». (Mc. 3, 32).

1) «Hermanos y hermanas» en el sentido bíblico

Es verdad que en los evangelios se habla de «los hermanos y hermanas de Jesús». Pero eso no quiere decir que sean hermanos de sangre de Jesús, o hijos e hijas de la Virgen María.

Jesús, en su tiempo, hablaba el idioma arameo (que es como un dialecto del hebreo) y en las lenguas arameas y hebreas se usaba la misma palabra para expresar los distintos grados de parentesco cercano, como «primo», hermano», «tío», «sobrino», «primo segundo»... Y para indicar estos grados de parentesco, simplemente, usaban la palabra «hermano o hermana.»

Por ejemplo: Abraham llama «hermano» a su sobrino Lot (Gén. 13, 8 y Gén 14, 14-16) Labán dice «hermano» a su sobrino Jacob (Gén. 29, 15).

Es decir, en la Biblia no se usan las palabras «tío» o «sobrino», sino que a los que descienden de un mismo abuelo se les llama hermanos.

Ahora bien, para evitar las confusiones, la Biblia usa varios modismos. Por ejemplo: si se trataba de hermanos verdaderos, hijos de una misma madre, se usaba la expresión: «Tu madre y los hijos de tu madre.» Esta era la única manera correcta de expresarse. En Mateo16, 17 se usa la expresión «Simón, hijo de Jonás» para decir que el papá de Simón es Jonás.

En ningún lugar del Evangelio se habla de los hermanos de Jesús en sentido estricto, como «hijos de María». Por tanto, en la Biblia no aparece ningún hermano de Jesús según la carne.

En el Evangelio de Lucas leemos que Jesús subió a Jerusalén junto con María y José. El niño Jesús tenía ya 12 años. Este relato no menciona ningún hermano de Jesús en sentido estricto. Así el texto nos hace entender que Jesús es el hijo único de María. (Lc. 2, 41-52).

Al momento de morir, Jesús confió su madre María al apóstol Juan, hijo de Zebedeo, precisamente porque María quedaba sola, sin hijos propios y sin esposo. Para los judíos una mujer que se quedaba sola era signo de maldición. Por eso Jesús confía María a Juan y también Juan a María.

«Cuando Jesús vio a su madre, y de pie junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, Jesús dijo a su madre: «Madre, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde entonces ese discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19, 26-27).

2) ¿Quiénes son «estos hermanos de Jesús»?

La Biblia nombra a cuatro «hermanos» de Jesús (Mat. 13, 55-56).

En Mt. 13, 55-56 encontramos los nombres de cuatro «hermanos» de Jesús: Santiago (o Jacobo), José, Simón y Judas. De estos cuatro hermanos de Jesús arriba mencionados, dos eran apóstoles: Santiago «el hermano del Señor» (Gál. 1, 19) es el apóstol Santiago «el Menor» (Mc. 15, 40), y Judas, «servidor de Jesucristo y hermano de Santiago».

La madre del apóstol Santiago el Menor se llama María y esta María, madre de Santiago y José, estaba junto a la cruz de Jesús (Mc. 15, 40) y era «hermana de María la Madre de Jesús» (Jn. 19, 25) y tía de Jesús. Es la que el Evangelista llama María de Cleofás (Jn. 19, 25)

Comparando los textos bíblicos entre sí, está claro que ni Santiago ni los otros tres nombrados «hermanos de Jesús» eran hijos de la Virgen María y José, sino primos hermanos de Jesús. Hagamos el árbol genealógico de las dos familias: «Padre» + madre = hijo (José + María =Jesús)Alfeo o Cleofás + María = hijos: Santiago, José, Simón y Judas.

3) Jesús es el hijo primogénito de María:

Otros dicen que la Biblia nombra a Jesús como el «primogénito» o sea «el primer hijo de María» y eso es señal de que María tuvo más hijos. El hecho de que Jesús sea «primer hijo» no significa que la Virgen María tuviera más hijos después de Jesús; de ninguna manera quiere decir eso el Evangelio. «Y dio a luz a su primer hijo» (Lc. 2, 7) quiere decir que «antes de nacer Jesús, la Virgen no había tenido otro hijo».

Y esto era muy importante para los judíos, porque siendo Jesús el primogénito, o sea, el primer hijo, quedaba consagrado completamente a Dios. (Ex. 13, 2). Y es que la Ley del Señor mandaba que el primer hijo fuera consagrado u ofrecido totalmente a Dios (Ex. 13, 12 y Ex. 34, 19). Por eso Jesús, por ser el primogénito o primer hijo ya desde su nacimiento quedaba ofrecido y consagrado totalmente al servicio de Dios.
Esto, y no otra cosa, es lo que enseña el Evangelio al decir que Jesús fue el «primer hijo» (Primogénito) de la Virgen María. En ningún caso quiere decir el primero entre otros hermanos.

4) El uso de la palabra «hermano» en el sentido religioso

Un día preguntó Jesús a sus discípulos: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y mirando a los que estaban en torno a él añadió: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt. 12, 49-50). Jesús fue el primero en utilizar la palabra «hermano» no en sentido carnal, sino en sentido figurado

En el Evangelio de Juan (20, 17), Jesús llama a sus discípulos y apóstoles: «mis hermanos» y en la carta a los hebreos (2, 11) todos los redimidos por Cristo son «sus hermanos.» Cristo es «el Primogénito de estos hermanos.» (Rom. 8, 29).