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Queridas familias

La Sagrada Familia, noviembre-diciembre 2021, n.1479: “Acompañar la soledad”

 

Queridas familias

En España, como en otros países occidentales, la soledad es una auténtica epidemia; uno de los dramas de nuestras sociedades hipercomunicadas e hiperconectadas.  Según el Instituto Nacional de Estadística, con datos previos a la crisis del coronavirus que han agravado, sin duda, la situación, unos cinco millones de personas aseguran sentirse solas. Casi la mitad son personas mayores; muchos de ellos presentan problemas de movilidad. En países como Japón, con un envejecimiento gradual de la población, se ha creado un “ministerio para la soledad” y ya en 2018 el gobierno de Reino Unido, una “secretaría de estado” para gestionar estas situaciones cada vez más frecuentes. En Holanda, una cadena de supermercados ofrece una línea de cajas especiales: son lentas, “cajas habladoras” ideadas para charlar con los clientes, sin prisas ni agobios, con el objetivo, dicen “de ayudar a reducir la soledad de la gente”. Es una colaboración, afirman, con la Coalición nacional contra la soledad iniciativa del Ministerio que se ocupa de estas situaciones en un país donde la mitad de los mayores de 75 años confiesa sentirse solo. Estas líneas, son más demandadas que las cajas de auto pago.

La Sagrada Familia, n. 1478, agosto-octubre 2021: “La alegría del amor”.

Queridas familias:

El amor es un don que recibimos y ofrecemos. “Dios es amor” (1 Jn, 4, 8) en su naturaleza más íntima, en su misterio más profundo.  Si Dios es amor, es familia, comunión, relación, donación, entrega…. Nosotros creados “a su imagen y semejanza”, estamos llamados a vivir y compartir el don recibido, la vida, el amor, la amistad, la esperanza… El amor es el regalo más grande que podemos recibir y ofrecer para crecer como personas profundamente humanas, cercanas, acogedoras… y es la fuerza más poderosa y siempre necesaria para caminar, juntos, hacia una vida plena, feliz; es el sentido profundo de nuestra vida recibida y entregada, vivida en todos sus momentos, también aquellos de cruz y dificultades que no faltan en el día a día.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3, 16). El amor de Dios no tiene límites y, en Jesús, se ofrece a las personas como liberación y plenitud de vida. A lo largo de su vida, empezando por los años de Nazaret, junto a María y José, nos enseña cómo amar hasta dar la vida por los demás. Un amor que acompaña de forma natural la vida de las personas, que se “traduce” en gestos concretos y universales de cercanía, acogida, escucha, perdón, luz… y cuyo fruto es la paz y la alegría. M. Teresa de Calcuta escribía: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz». La clave no está tanto en lo que hacemos cuanto en el amor que ponemos en aquello que hacemos.

La escuela nos ofrece a todos, una experiencia que cambia la vida y transforma el corazón; es el espacio educativo, habitado por los valores como el respeto al otro, la libertad responsable, el desarrollo de la afectividad y del conocimiento compartido… el que hace resurgir la huella de la esperanza en el futuro; una esperanza que se hace contagiosa y expansiva a través de los buenos ejemplos, las buenas palabras, las buenas enseñanzas capaces de despertar y realizar sueños.  Por ello, el lema de este curso “La alegría del amor”, no es una ingenuidad, sino una llamada a trabajar para que las relaciones estén inspiradas por el amor y la verdad que son auténticas fuentes de vida y de crecimiento.  La familia, la comunidad educativa, es también escuela de amor y de todas las virtudes y cualidades que lo adornan y han de ser cultivadas con auténtica devoción. Si nuestra mirada se dirige a toda la persona no puede dejarse de lado la dimensión afectiva, emocional, relacional que constituye el núcleo más profundo de nuestro ser.  Esto es “educar el corazón y la inteligencia”, en un clima positivo, de confianza mutua, en el que amamos y sentimos que somos amados.   Caminamos juntos. 

J.D.A.

La Sagrada Familia, n. 1477, mayo-julio 2021: “Con corazón de padre”

Queridas familias:

El tiempo de pandemia que seguimos viviendo entre la esperanza (principalmente por la llegada de las vacunas) y la incerteza (porque los tiempos de recuperación de la normalidad deseada se alargan) nos ha recordado, entre otras muchas cosas, la necesidad de “cuidarnos personalmente” para poder “cuidarnos unos a otros”. Este cuidarnos está muy ligado a la atención por el otro, a la ternura, a la “custodia” del hermano.  Dios confió a San José, recuerda el Papa, la misión de “custodiar” a María y a Jesús (“José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer”, Mt 1,24), misión que se alarga después a toda la Iglesia: “Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo” (S. Juan Pablo II). Y José ejerce esta “custodia” no de forma paternalista o autoritaria, sino con discreción, con humildad, en silencio, con una presencia constante y una fidelidad total. Desde su matrimonio con María, hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor.

Esta “custodia” podemos ejercitarla “todos con todos”, pues es, esencialmente, preocuparse el uno por el otro en la familia, en la escuela y en la sociedad. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Ser custodios de los dones de Dios se alarga, además, a toda la creación manifestándose en el respeto por todas las criaturas y por el entorno en el que vivimos. Cuando no nos preocupamos de los demás, ni de la creación, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se vuelve árido y seco, buscamos solo nuestro propio interés.    Pero, además, es bueno recordar que esa misión de “custodiar” bien entendida, realizada de forma discreta, es la que, en fondo, posibilita la vida tal y como la conocemos y vivimos. La mayoría de los cuidados y servicios quedan, paradójicamente, ocultos y con frecuencia olvidamos valorar y agradecer a las personas que nos cuidan. Seguramente en muchos casos, este olvido y falta de agradecimiento por tantos servicios que no se ven, pero nos sostienen, no es un acto deliberado sino fruto del desconocimiento, el descuido o cierta indiferencia, pero no olvidemos que la vida se manifiesta cada vez que descubrimos que somos fruto, también, de los innumerables e impagables cuidados que hemos recibido.

En medio de la crisis de paternidad y de autoridad que vive nuestro mundo San José nos recuerda que la autoridad no es buscar protagonismos o reconocimientos sino favorecer,  “custodiar” y ayudar en el crecimiento de los demás, por eso es un servicio que nace del amor a las personas y de la fidelidad a la propia misión y responsabilidad. Es un modelo de autoridad ejemplar vivida en el amor, la fidelidad y el sentido de responsabilidad que Dios le ha confiado.

J.D.A.

La Sagrada Familia, n. 1476, marzo-abril 2021: “Pacto educativo global-Mirar al futuro”.

Queridas familias:

Recuerdo que el Papa Benedicto XVI, durante su pontificado, hizo una insistente referencia a lo que él llamaba “emergencia educativa”, refiriéndose, particularmente, a Europa. En sus mensajes a los responsables invitaba a ir “hasta las raíces profundas de esa emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a ese desafío”.  Retomando el tema, el papa Francisco ha subrayado en varias ocasiones que una respuesta a esta “emergencia educativa” es el Pacto global por la educación que, con una mirada universal, propone recomponer los vínculos educativos, actualmente rotos, entre la familia, la sociedad y la escuela. De alguna manera, es necesario volver a recomponer la relación y buscar, juntos, caminos nuevos.  Y en eso estamos, como educadores y como familia, buscando vías nuevas para transitar juntos, en esta época global que presenta tantos retos a la humanidad.

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