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Artículos que dejan huella

Las crisis son siempre una oportunidad…

Nadie desea vivir una experiencia negativa, de dolor y sufrimiento, de ruptura de la “normalidad” de la propia vida y relaciones y hábitos cotidianos, pero hay situaciones en la vida, y no necesariamente tan dramáticas como la que estamos viviendo, que lo alteran todo. El confinamiento al que estamos todos sometidos, encerrados en un espacio íntimo del propio hogar es una auténtica novedad en la vida cotidiana. Salíamos de casa, volvíamos cansados después de un día complicado; saludábamos rápido a la pareja, los hijos, un poco de tele, descansar y volver…   hemos perdido la “libertad de movimientos” el ir y venir libremente en el que prácticamente todos nos encontrábamos…  pero también, estoy seguro, hemos ganado “algo”. Nadie quiere las crisis, claro que no, ni las sanitarias, ni las económicas, ni las familiares…  pero estas llegan y hay que vivirlas y aprender a ser más humildes, atentos, solidarios y agradecidos por cuantos, antes anónimos, ahora se hacen presentes en mil formas de ayuda.

LÁGRIMAS DE ESPERANZA o SI ME QUIERES NO VENGAS A VERME…

lagrimas de esperanza

 Jesús se acercaba a las personas, escuchaba, tocaba, acariciaba, curaba, con su palabra y sus gestos solidarios, su contacto con lacarne, el cuerpo y el alma. Esta cercanía de Jesús a nuestra realidad total, carne y espíritu -Él, que es la Palabra hecha carne-, obraba y obra hoy, a través de los sacramentos y sus gestos (imposición de manos, unción, aspersión con agua bendecida…), el milagro de la curación, de la liberación del miedo, del amor. Jesús no solo no despreció a los necesitados, leprosos, pecadores, enfermos, abandonados…. sino que se hizo “carne como su carne”, se “despojó de su rango” y “se hizo uno de tantos” metiéndose en las llagas del dolor, físico o moral, para dar vida, esperanza, salvación.

Educar al humanismo solidario

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Los hijos, ¿propiedad o misión?

Fuente: www.aciprensa.com

Por Fernando Pascual - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Estamos acostumbrados a hablar de los hijos como si se tratase de algo propio, de una “posesión”. Tenemos un coche, tenemos una casa, tenemos un libro, tenemos un perro y... “tenemos cuatro hijos”.

Gracias a Dios, el coche no va a exigir sus derechos, ni va a gritar que no nos quiere. Si no arranca, lo llevamos al taller. Si después de dos semanas de arreglos no funciona, lo vendemos al chatarrero. En cambio, si el niño “no arranca” en la escuela...

Es cierto que los niños nacen dentro de una familia, por lo que resulta natural que la familia asuma la responsabilidad de esa vida que empieza. Pero el niño tiene un corazón, un alma, y eso no es propiedad de nadie. La filosofía nos enseña que el alma, lo más profundo de cada uno, no puede venir de los padres, sino que viene de Dios. Los padres dan a su hijo el permiso para la vida y asumen la hermosa tarea de ayudarle, pero no pueden dominarlo como al coche o al perro.

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