La Sagrada Familia, noviembre-diciembre 2021, n.1479: “Acompañar la soledad”

 

Queridas familias

En España, como en otros países occidentales, la soledad es una auténtica epidemia; uno de los dramas de nuestras sociedades hipercomunicadas e hiperconectadas.  Según el Instituto Nacional de Estadística, con datos previos a la crisis del coronavirus que han agravado, sin duda, la situación, unos cinco millones de personas aseguran sentirse solas. Casi la mitad son personas mayores; muchos de ellos presentan problemas de movilidad. En países como Japón, con un envejecimiento gradual de la población, se ha creado un “ministerio para la soledad” y ya en 2018 el gobierno de Reino Unido, una “secretaría de estado” para gestionar estas situaciones cada vez más frecuentes. En Holanda, una cadena de supermercados ofrece una línea de cajas especiales: son lentas, “cajas habladoras” ideadas para charlar con los clientes, sin prisas ni agobios, con el objetivo, dicen “de ayudar a reducir la soledad de la gente”. Es una colaboración, afirman, con la Coalición nacional contra la soledad iniciativa del Ministerio que se ocupa de estas situaciones en un país donde la mitad de los mayores de 75 años confiesa sentirse solo. Estas líneas, son más demandadas que las cajas de auto pago.

Ya desde la primera reflexión filosófica se ha considerado a la persona “un ser social”; necesitamos la interrelación, el encuentro con el otro para descubrirnos a nosotros mismos. Nuestra mirada, nuestros sentimientos y sensaciones, nuestro cuerpo se “descubre y desvela” en el encuentro con el otro, por ello un primer paso frente al drama de la soledad es retomar los vínculos familiares y comunitarios.  Nos necesitamos unos a otros, sentirnos amados y poder amar, abrirnos al Otro por excelencia que es Dios… esto no va contra la autonomía que buscamos y se hace necesaria para nuestro desarrollo personal. La familia, los amigos y los entornos humanos en los que podemos sentirnos valorados, queridos, respetados y respetar a los demás son el primer ámbito de actuación ante un drama que es fuente de sufrimiento para muchas personas. “Nuestro mundo está enfermo de soledad”, dice el papa Francisco. Por eso es tan importante “recuperar ideas y conceptos de comunidad y de familia frente al exceso de individualismo, volver a lo colectivo, porque nos falta sentido colectivo”.

Es verdad que existe una soledad deseada, buscada, necesaria, saludable y enriquecedora del propio ser. Momentos de intimidad que ayuden al propio conocimiento, a “sentir y reflexionar” sobre lo que somos y vivimos cada día son importantes. Los monjes de clausura viven la soledad como elección, pero no viven en soledad pues están espiritualmente conectados con todos. Y esto no le hace menos humano o sensible. Dios habla en el silencio de nuestro corazón, pero hay que saberlo escuchar. Se trata, por tanto, de una soledad deseable y necesaria que hay que cultivar, integrar en la propia vida, que no nos aleja de los demásLo cierto es que no es lo mismo “estar solo” que “sentirse solo”; esto último es mucho más angustioso y complejo que lo primero.  Puede existir la soledad de dos en compañía y la “presencia amiga” en quien está solo. 

Hay también una soledad no deseada ni buscada y que percibimos como la sensación de sentirse abandonado y desamparado.  Está la soledad de los ancianos, la mayoría de los cuales han vivido toda la vida en familia pero que ahora, en una residencia o en su propio hogar, se encuentran muy solos, a pesar de tener a otras personas en su lado. Ellos desean que se les dedique tiempo para compartir, porque ahora sí tienen mucho tiempo, y necesitan compañía, afecto y ternura; comprobar que se les recuerda, que se les escucha, que continúan siendo queridos y que son miembros importantes de la familia. No podemos olvidar a los ancianos por su familia o por quienes les cuidan y forman parte de su día a día.

La soledad de los enfermos. La dolencia es uno de estos momentos en que más fácilmente se puede experimentar la soledad: la preocupación por la gravedad del diagnóstico, la incertidumbre de la curación, el dolor, las pérdidas en la vida social, quizás del trabajo, de capacidades físicas, la estancia en el hospital… Ciertamente, la dolencia es un momento de experiencia de soledad, tanto si se está acompañado como si se está más solo. Aun así, es muy importante sentirse acompañado en la experiencia de la dolencia respetando la situación de cada enfermo.

Y la soledad de las generaciones que viven enganchadas a sus aparatos móviles y pendientes de las redes sociales, por más que no tengan conciencia de esta soledad. Es necesario acompañarles para que retomen las relaciones interpersonales, el trato directo con las personas; para que recuperen el gusto de mirarse, de escucharse, puesto que no es comparable la relación personal y la expresión del rostro con aquello que pueden transmitir los «emoticonos». Lo hemos comprobado en muchas ocasiones:  la imagen de un grupo de personas alrededor de una mesa compartiendo una comida, todas en silencio mientras miran sus móviles, supone un verdadero problema de aislamiento, de comunicación, de carencia de relación personal, de individualismo.

Es necesario por todo ello acompañar la soledad, acompañar las “soledades” incluso de quienes están acompañados; aliviar todas las formas de soledad; estar cerca, entender lo que el otro vive y compartirlo… es una misión urgente.  Hay lugares, donde los vínculos naturales, familiares y sociales de relación se han perdido, en los que se paga por dar un abrazo recurriendo a profesionales que se dedican a ello, por tener la compañía de un robot programado para ponerse a nuestro lado y traernos el té o por acariciar a un perro o un gato en las “dog cafés o gatotetas” que van proliferando en algunas ciudades del mundo occidental.  Acompañar la soledad es una responsabilidad muy especial para aquellos que, con fe o sin ella, saben que en su familia o vecindad hay quien necesita de su escucha y compañía. Si acompañamos con amor, siempre haremos lo que Dios desea; daremos lo que Él quiere ofrecer para sanar la soledad: su Presencia y su amistad para todas las personas.

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J.D.A.