Bienaventurados los que el Señor encuentre en vela

Todos:  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

Lector: Jesús, María y José,

 

Todos: habitad siempre en nuestra casa.

 

Lector: Proteged a nuestra familia

 

Todos: y guiadnos hacia la Casa del Padre, en el Nazaret del cielo.

 

Jesús da a menudo a sus discípulos advertencias sobre la vigilancia y a ser conscientes de la responsabilidad que asume cada uno según su específica misión cristiana. Quien como a pastor y guía, quien como a padre o a madre de familia, etc., y todos responsables y comprometidos en el crecimiento del Reino de Dios. Por ello, es bueno resaltar estas llamadas de Jesús a la vigilancia cristiana, tomando como ejemplo la vigilancia que toda familia debe tener para preservarse de cualquier peligro en su propia casa.

 

«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Lucas 12, 3240).

 

  • Jesús nos lanza la advertencia sobre la vigilancia para hacernos conscientes de que llevamos entre manos grandes dones suyos, pero «en vasos de arcilla». Todos somos débiles e inestables. A veces nos cansamos. A veces, por cualquier motivo, rompemos, sin más, todo lo que hasta entonces habíamos construido y cuidado con mucho celo. 
  • También nos puede ocurrir que otros intereses más inmediatos nos hagan desvalorizar la riqueza del don de la fe y de la vida cristiana, especialmente en los comportamientos de la vida de familia, permitiendo que «el ladrón haga un boquete en nuestro hogar».
  • Jesús, en cambio, nos propone «vended vuestros bienes y haceos bolsas que no se estropeen»: tener siempre la cordura y el discernimiento para saber anteponer los criterios del Evangelio —el amor, la caridad, la pureza de corazón, la paz y el perdón, el respeto mutuo, el servicio desinteresado…— por encima de cualquier otro interés egoísta. Esto nos hace ser, entonces, «unos buenos administradores» de nuestra casa y de nuestra familia.

 

Para pensar y para dialogar con Jesús en casa

  • Jesús mismo es este «buen administrador» que vela por la casa, para que no le entren ladrones, ni les falte nada a los que habitan en ella. Pongámosle confianza y hagámosle caso para mantener siempre a nuestra familia en buenas manos.
  • Nosotros somos de los suyos, los de su Casa. Le agradecemos la confianza y las atenciones que tiene con nosotros y le pedimos que nada, ni nadie, nos ahuyente o nos aleje de su Casa. Al contrario, que habitemos en ella por siempre, aquí y en la eternidad, donde, nos asegura Jesús, «el Señor en persona nos sentará en su mesa y nos servirá él mismo», junto a María y a José, en el Nazaret del Cielo.

 

FINAL


Todos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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