Eclipse

El día 12 de agosto de este año en España se vivió un eclipse solar que, desde algunas zonas, pudo verse en su totalidad.

 

A diferencia de otros eclipses, este movió masas, pues estamos en la era de la comunicación y la espectacularidad. No se veía un eclipse así desde 1905 y el próximo está previsto para el año 2153, así que, en parte, es comprensible la enorme expectación que se generó. Ciertamente, los eclipses, de un tipo u otro, han existido siempre y ya la Biblia los cita (Ex 10, 21-22).

 

El eclipse del 12 de agosto movilizó a millones de personas. Durante las semanas previas se habló de él en todos los medios y conversaciones, se agotaron las gafas y algunos organizaron sus vacaciones preservando el día 12 mientras la prensa no cesaba de indicar los pun tos desde los que, supuestamente, se vería mejor. Ese día se realizaron hasta un millón y medio de desplazamientos, lo cual colapsó distintos tramos de carretera. El impacto económico también ha sido muy elevado. Os cuento ahora lo que yo iba leyendo entre líneas como palabra de Dios.

 

Una maravilla. Aunque algunos digan que tal movilización es una muestra más de cómo nos manipulan, lo cierto es que fue una alegría ver que la persona sigue distinguiéndose por su capacidad de admiración. Asombrarse, admirarse… nos humaniza. Y el 12 la naturaleza ofreció un auténtico espectáculo.

 

No puede hacernos olvidar otras maravillas. Uno de los mejores poetas catalanes actuales, David Jou, explicaba en una entrevista que iría a ver con sus nietos el eclipse. Pero aseguraba que todavía existe un espectáculo de la naturaleza aún más maravilloso que un eclipse: ver nacer un niño.

 

Y yo me preguntaba si es la frecuencia de ese espectáculo (cada día nacen niños) y la excepcionalidad del eclipse lo que nos lleva a tener respuestas tan dispares. Vivimos inmersos en una maravilla… Pero «tanta maravilla» parece incapacitarnos para la admiración. Quizá por eso Dios, de vez en cuando, monta un espectáculo.

 

En familia. Fue tónica general ver el eclipse en familia, con amigos e incluso pequeños pueblos enteros. Parece que lo bueno necesita compartirse, que nadie disfrutó a solas el eclipse y, si lo hizo, el disfrute fue menor. Lo cierto es que deberíamos compartir más, alegrarnos más en familia. De lo pequeño, de lo cotidiano… de lo maravilloso.

 

Lo espectacular dura poco. Se calcula que el eclipse duró un minuto y medio. Nunca tanta movida por un minuto. Deberíamos, pues, cuidar más la rutina diaria, lo pequeño, lo que no tiene relumbre. Porque es ahí donde nos cambia la vida. Dudo yo que el eclipse del 12 cambiara la vida a alguien (aparte de unos que hicieron coincidir su boda con el eclipse, claro); en cambio, la costumbre de dar las gracias, sonreír, disculpar y otras «nimiedades»… sí cambia vidas.

 

Aplausos espontáneos. Una de las cosas que más me impresionó al ver las noticias que recogían el evento fueron los aplausos espontáneos de la gente cuando el eclipse fue casi total. ¿A quién aplaudían? ¿Por qué aplaudían? Lo cierto es que la gente estaba contenta, feliz… y necesitaba aplaudir. ¿A Dios? ¿A la naturaleza? No parece, porque yo nunca he visto a nadie aplaudir una puesta de sol sobre el mar o un paisaje nevado. Qué suerte tenemos los cristianos (los creyentes) porque cuando nos ocurre algo bueno, cuando nos sentimos felices y agradecidos… sabemos a Quién dar las gracias. Debe ser tremendo sentirse agradecido… ¡y no saber a quién dar las gracias!

 

Mirar hacia afuera. ¿Y hacia dentro? Otra característica fue que la gente buscó un espacio para ver el fenómeno histórico. Algunos hicieron colas, se desplazaron, pagaron… el caso es que buscaron el mejor sitio. Cabría, pues, preguntarnos si buscamos «el mejor sitio» para conocer nuestro corazón, para tener un rato de oración, para reflexionar un poco… Y si nos interesa mirar hacia «dentro» porque ahí los espectáculos solo ocurren entre Dios y el alma. Nadie los ve. Pero se dan.

 

La corona de luz. Cuando la luna ha tapado «totalmente» el sol, queda una pequeña corona de luz que da testimonio de que el sol, aun oculto, sigue ahí. Como Dios. No podemos mirar el sol como no podemos abarcar el Misterio de Dios. Pero sí se nos permite ver una pequeña luz del gran Astro. Luz suficiente para saber que está ahí, para creer. En esta sociedad que a menudo quiere ocultar a Dios… Él sigue brillando. De una manera u otra, las tinieblas nos hablan de la Luz. ¡Nos vemos en el 2153!

 

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