
5 de septiembre 2026 – «A nadie debáis más que amor mutuo»
“Donde no hay amor pon amor y sacarás amor”. No conducen a ningún lugar las palabras descorteses, críticas, solapadas, calumnias…

“Donde no hay amor pon amor y sacarás amor”. No conducen a ningún lugar las palabras descorteses, críticas, solapadas, calumnias…

El diálogo del domingo pasado de Jesús con Pedro confesando el mesianismo de Cristo, fue signo de apertura a la revelación, lo que le convirtió en piedra sobre la que edificar la Iglesia.

La Palabra de Dios nos invita hoy a abrir el corazón a la universalidad, a derribar fronteras y a superar todo tipo de exclusiones y discriminaciones.

“Son numerosas las ocasiones en que los evangelistas nos repiten que Jesús se retiraba a solas a orar. Con ello nos enseñan, también a nosotros, la necesidad que tenemos orar, de silencio, de ese estar “a solas” con el Padre, sabiendo que nos ama y nos cuida.»

“Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir el bien del mal”, suplica Salomón, rey joven que se enfrenta a la responsabilidad de gobernar el pueblo. Esta fue la sabiduría de Salomón: reconocer su debilidad, sus dudas, miedos y búsquedas “soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar”) y, desde esa actitud, pedir honradez y sensatez de vida para cumplir bien su misión. Una petición que bien podríamos hacer nuestra, para actuar siempre conforme al querer de Dios.

Escuchamos hoy una nueva parábola. La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo remite al concepto de “división”. Todos sabemos que el demonio es un “sembrador de cizaña”, aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos.

“Venid a mi”: una invitación directa, personal. No “venid” a mi doctrina, a mis enseñanzas, a mi ley… “Venid a mí”, a mi persona, a mi ser, a estar junto a mí, conmigo. Es el “encuentro con Cristo”, fruto de una relación de amor no solo de estrategias, esfuerzos personales, técnicas… se trata de estar, caminar juntos, de sostenernos “desde dentro” de nosotros mismos, desde allí donde el amor se hace Presencia, encuentro, luz…

El evangelio que hemos escuchado hoy inicia el Discurso Apostólico de Jesús, segundo de los cinco grandes discursos del evangelio de Mateo. Es un verdadero esbozo de lo que significa y es la misión. Subrayo dos puntos:

El libro de la Didajé (“Doctrina”-“Enseñanza”), escrito probablemente a finales del siglo I contiene un bello texto sobre la Eucaristía: “Como este pan partido estaba disperso por las montañas y, amasado, es uno, que sea reunida tu Iglesia, desde las extremidades de la tierra, en tu Reino”. La imagen de los granos dispersos por las colinas que se reúnen en un único pan nos introduce en el sentido de esta fiesta: el Señor nos invita a la Eucaristía en el domingo, día primero de la semana en el que recordamos la Resurrección.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio más profundo de la fe cristiana: la intimidad misma de Dios. Y quizá lo primero que descubrimos al asomarnos a ese misterio es algo que rompe muchas imágenes falsas que el ser humano ha proyectado sobre Él.