Matrimonio, vocación de santidad

Redescubrir la vocación matrimonial como camino de santidad…


En un contexto social marcado por la fragilidad de los vínculos, el miedo y la desconfianza ante los compromisos definitivos y duraderos, una concepción individualista de la vida, y una crisis del sentido en la vida familiar, los Obispos de la subcomisión episcopal para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española nos recuerdan en el Mensaje de la Jornada de la Sagrada Familia (22.12.25), que el mundo y la Iglesia necesitan matrimonios santos «que hagan visible, con su vida, el amor fiel y fecundo de Dios».

 

La vocación matrimonial


Se trata de una invitación a contemplar el matrimonio como una llamada de Dios y un camino privilegiado de santidad. Subrayando la dimensión eclesial, social y misionera y recordando que la felicidad auténtica solo se alcanza en la comunión profunda con Dios y con los hermanos. El ser humano creado a imagen y semejanza de Dios (comunión y misterio de Amor) solo puede realizarse en la lógica del don, del amor que se entrega y se comparte. Desde esta perspectiva, el matrimonio es un espacio privilegiado donde la vocación al amor se encarna y vive de modo concreto, cotidiano y fecundo, convirtiéndose en escuela de verdadera santidad.

 

La vocación matrimonial no surge como una idea abstracta o como una decisión teórica… Nace del encuentro con una persona concreta, en la experiencia real del amor humano que es asumido, purificado y elevado por la Gracia del sacramento. «La vocación matrimonial no se separa de la experiencia humana del amor, sino que la eleva, la purifica y la plenifica con la gracia de Dios», de tal manera que puede convertirse en «un lugar de llamada y de misión: el espacio donde Dios invita a los esposos a ser signo visible de su propio amor fiel y creador».

 

En el sacramento del matrimonio, el amor entre los esposos se convierte en un verdadero lugar de llamada y de misión, donde Dios invita a los cónyuges a ser un signo visible de su amor fiel, creador, definitivo. No se trata solamente de un proyecto personal, sino de una realidad con una profunda dimensión eclesial y social: los esposos están llamados a reflejar con su vida y su amor el misterio del amor de Dios por su pueblo, haciendo visible en el mundo la alianza que no se rompe.

 

La dimensión eclesial y social


Por esta razón, la familia tiene también una dimensión social; es el germen y el fundamento de la sociedad; el lugar, el espacio vital, donde se aprende a amar, a convivir, a abrirse al otro, a escuchar, a perdonar y a sentirse perdonado, acogido, querido. La apertura a la vida no es un elemento accesorio, sino una dimensión esencial de la vocación matrimonial. De esta forma, el hogar se presenta como «el primer tabernáculo, el ámbito de la intimidad más profunda donde el amor auténtico se hace visible». Las familias, auténticas «iglesias domésticas», están llamadas a ser signos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando en la vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único, entregado y fiel.

 

Citando a san Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio, recuerdan que «entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano».

 

El mensaje concluye recordando el error que supone desvincular la santidad del matrimonio y la necesidad que tiene la Iglesia de familias que «sean testigos vivos del amor de Cristo». En la jornada de la Sagrada Familia, la Iglesia invita a mirar de nuevo a Nazaret, a la vida escondida de Jesús, María y José como fuente de inspiración para los matrimonios y familias de hoy, llamadas a ser luz y esperanza en medio de una sociedad necesitada del amor verdadero.

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