(Maria Dolors Gaja i Jaumeandreu, MN)
No sé si quienes me leen son usuarios de WhatsApp o prefieren otras aplicaciones para sus relaciones habituales; yo uso WhatsApp y últimamente ando un poco loca con la app. Me explico: comencé a usarla para lo que se creó inicialmente: hablar con los amigos, chatear… y poca cosa más. Y, por supuesto, detestaba los grupos en los que me iban metiendo sin yo pedirlo.
Pero me he reconciliado con la aplicación y los grupos a partir de uno masivo en el que participamos (horror) 828 miembros… todos profesores de lengua. Hablo e interactúo con personas que no conozco ni conoceré, pero que comparten conmigo —y yo con ellos— material para las clases, dudas y sugerencias. Rara vez nos vamos de tema, lo cual es un auténtico milagro. Con ellos he aprendido mucho; tengo mensajes guardados porque me ayudan en mis clases.
Bien, pues hace unos días el milagro se truncó. El tema se complicó, se abandonó la sintaxis y no sé cómo un miembro empezó a quejarse del administrador, a decir que no gestionaba bien y no sé cuántas tonterías más (porque lo eran). El caso es que el administrador se ofendió y dijo que abandonaba, que ya no seguía más y que no estaba dispuesto a asumir críticas feroces cuando, en general, el grupo funcionaba bien. Pidió voluntarios para ocupar su puesto de «administrador», pero no aparecían más que solicitudes llorosas para pedirle que no lo dejara, que lo hacía muy bien, que era un servicio. Nones. No quiso seguir y, finalmente, alguien lo relevó.
Y de repente se me ocurrió pensar que, por pura bondad, Dios no dimite cuando lo criticamos, le peleamos o estamos días sin establecer contacto. Existen grupos en que «solo el administrador puede enviar mensajes», pero no es el caso divino. A Dios le gusta que interactuemos todos y ni siquiera responde a las ofensas. Ofensas hay y últimamente parece que una ola de profanaciones —imágenes destruidas, sagrarios asaltados, niños Jesuses robados del belén público…— sacude numerosos países. Dios calla, pero ¿lo defendemos? ¿levantamos la voz los cristianos ante los atropellos que a veces sufre el mundo de la fe?
Voy a pediros un ejercicio de imaginación. ¿Qué perfil tenéis en vuestro WhatsApp? ¿Y qué estado? A veces, cuando estoy en un sitio tan anodino como una sala de espera, me entretengo mirando lo que mis contactos ponen en su perfil. Algunos ni se han molestado en «esculpir» una frase; otros han escogido los primeros mensajes del creador de la aplicación —estoy en el gimnasio, ocupado, disponible…—, pero otros sí escriben una frase que nos lleva a mayores profundidades. Os cito algunas de los de mis amigos: Lo mejor es enemigo de lo bueno; Parcialmente nublada; Si tienes prisa coge el camino largo; Raíces y alas; Manyanet, comunícanos tu espíritu; Donec perficiam… Si ahora tuviera que escoger la frase de mi vida… ¿cuál sería?
Y luego están los mejores, los que me divierten porque cambian con mucha, muchísima frecuencia, la frase. ¿No os habéis fijado de que también ese cambiar de continuo es una palabra sobre el culto a lo efímero de nuestro mundo? En la Edad Media, la gente noble esculpía sobre el dintel de su casa o castillo un lema que servía para todas las generaciones, un lema que pervivía siglos. Algunas instituciones del siglo XX (colegios, agrupaciones, etc.) tienen un lema, pero andan modificándolo, adaptándolo a «los nuevos tiempos». Y algunos cambian cada semana el estado. Creo que eso también es una palabra escondida de Dios y un planteamiento para las familias sobre qué esculpimos en el corazón de los hijos y qué relativizamos, qué se puede cambiar sin que se hunda la paz familiar y qué no. También las Congregaciones caemos a veces en el «siempre se ha hecho así» ante lo que podría cambiarse…
Y vayamos a la palabra clave: administrador. Con el lío que se montó en mi grupo de lengua y la dimisión ofendida del ofendido administrador, me hice una pregunta: ¿quién administra mi vida? ¿Soy yo el único administrador y, además, no cedo el control ni nadie —ni siquiera Dios— puede participar? ¿A quiénes permito editar? Cuando escribo esto, se acerca el Día de la Vida Consagrada y la pregunta es aún más tajante (y vale para todos, que conste): ¿dejo que Dios sea quien realmente administre mi vida?
Una de las normas de todos los grupos de WhatsApp es «Respetar el propósito del grupo». Si es de lengua, hablemos de lengua. Pero yo, que he sido llamada a la fe… ¿Vivo desde la fe, comunico desde la fe? Por suerte mía, Dios nunca me va a echar del grupo…
