El P. Magín Morera era de estatura más bien baja y de complexión sencilla. En sus años jóvenes estaba delgado, y a medida que fue ha ciéndose mayor, se hizo un poco más robusto, pero sin llegar a estar gordo. Empezó a usar gafas después de haber sido ordenado sacerdote, parece que en los últimos tiempos de Palmoli (1938…) o primeros de Roma (1944…).
Era muy frugal y parco en la comida y se contentaba con cualquier cosa. Todo lo encontraba bien y nunca se quejó ni buscó trato especial por su cargo o por su complexión delicada, y ni siquiera por motivos de salud. En todo caso, quería que se celebrasen las fiestas de la Iglesia, de la Congregación y de los hermanos para alegrar y festejar la vida de comunidad.
Era un poco nervioso en su modo de ser y de obrar, siempre con prisa y con una agenda muy llena, pero sabía atender a las personas con calma y capacidad de escucha. No era, sin em bargo, precipitado o atolondrado.
Llevaba una vida muy simple en sus necesidades personales de comer, vestir y otras cosas secundarias. Su vida y su atención estaban puestas en su trabajo religioso y ministerial. Era noble y jugaba siempre limpio. Decía siempre la verdad y si no podía o no debía, se callaba y sacaba otro tema de conversación. Hablaba siempre bien de todos y todo lo hacía bueno, por lo menos en la intención, cuando no podía justificar la obra. Siempre daba un voto de confianza a las personas esperando que el trabajo personal y la gracia de Dios podían cambiarlas. Él, por su parte, se imponía mortificaciones y renuncias personales para conseguir o asegurar el resultado.
Vestía con mucha sencillez y pobreza y más bien tenían que ser los demás los que le advir tiesen que necesitaba otra sotana, o traje, o za patos. Su ajuar personal estaba pronto listo, era una persona que necesitaba muy poco en este sentido.
Viajaba ordinariamente en tren, y por la noche, para aprovechar las jornadas. No se tomó nunca períodos de vacaciones más allá de un día para visitar a sus familiares, o de unas horas para quedarse en Zaragoza o en Loreto para poder rezar a sus anchas y poner al día la correspondencia.
En sus desplazamientos, solía reservarse momentos de soledad. Decía, por ejemplo, que llegaba a la estación o a la comunidad a una hora determinada, cuando en realidad llegaba dos o tres horas antes y en una capilla ante el Santísimo, o en el bar de la estación de un exalumno, o en otro lugar vecino, se tomaba unas horas de descanso, reflexión, pedía un café o una coca-cola, y pasaba las dos o tres horas escribiendo cartas o preparándose para la visita.
Era ordenado en sus asuntos y papeles que se multiplicaban en su cartera personal y sobre su mesa de trabajo.
