En 1895, San José Manyanet publicó un libro que se ha calificado como su “autobiografía espiritual”, titulado La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (Barcelona, La Hormiga de Oro, 1895), para presentar la riqueza espiritual de la vida de la Sagrada Familia, es decir, de la convivencia diaria de Jesús con María y José en Nazaret durante los años de su vida en Nazaret, como modelo para todas las personas.
El arquitecto Antoni Gaudí es un ejemplo también en su mirada contemplativa a los miembros de esta Familia Sagrada, que Dios puso ante sus ojos a partir de 1883, cuando asumió como una misión la continuidad de las obras del Templo de la Sagrada Familia.
A la sencilla morada de Nazaret se entra por el Taller de San José, es él quien acoge, introduce, acompaña y presenta a María y a Jesús. Este es el itinerario espiritual de muchas almas. Y es que San José se nos presenta como más a nuestro alcance, más semejante a nosotros, con una espiritualidad de amor y de dulzura accesible para todos.
No sabemos cuándo o cómo fue el primer encuentro de Gaudí con San José, pero ciertamente llegó a sintonizar con él, y a descubrir en la vida del Patriarca la constante presencia de la Providencia divina, que el arquitecto supo descubrir también en su vida y misión… “En el templo de la Sagrada Familia —afirmaba— todo es providencial”, desde su elección como arquitecto hasta el milagro de la continuidad de las obras. “¿Qué hacer, decía con frecuencia en los momentos de adversidad? Dios lo quiere. No olvidemos que hay una Providencia que vela por nosotros. Hagamos por nuestra parte lo que podamos y dejemos todo lo demás en manos de Dios”.
A los impacientes por ver terminado el templo, solía decirles: “Mi cliente no tiene prisa”. Y si preguntaban quien lo acabaría, respondía: “San José lo acabará”. “No se apure: San José es un santo que tiene muchos recursos”. Y que contó con el Santo, lo dice la rápida habilitación de la capilla de San José en la cripta del templo, a fin de que pudiese celebrarse la misa en ella, como así fue el 19 de marzo de 1885, menos de dos años después de haberse hecho cargo de las obras. Una imagen de San José preside la capilla en la pared detrás del altar. Y alrededor de la imagen, vidrios esmaltados con la primera y significativa inscripción del templo: “Ora pro nobis”.
Poco después de iniciada la fachada del Nacimiento, se manifestó al tesorero del templo que se le retiraba la herencia de confianza cuantiosa que aseguraba su realización. “¡Qué bien estuvo nuestro tesorero, qué bien!, comentó Gaudí. No dijo ni una palabra más, ni una menos. San José no la necesita. Si el Templo es obra suya, lo hará con el dinero de usted o con el dinero de los demás!” Y a los pocos días, a la vista de las macizas columnas y enormes masas de los cimientos el mismo albacea ofrecía entregar de una vez y en seguida todos los fondos de la herencia. Si alguno le preguntaba cómo podría continuarse el templo a través de los años, contestaba: “No se apure: San José es un santo que tiene muchos recursos”.
Y en un aspecto más personal decía: “Por ser el patrón de la buena muerte, nos interesa mucho su buena amistad”. Y sin que nadie lo pidiese, en el Hospital de la Santa Creu coincidió providencialmente que le pusieran en la cama n.º 19, debajo de un cuadro de San José. Murió como en la escena que esculpió en la capilla del Roser.
