Jesús retorna a la vida a su amigo Lázaro

Todos: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Lector: Jesús, María y José,

Todos: habitad siempre en nuestra casa.

Lector: Proteged a nuestra familia

Todos: y guiadnos hacia la Casa del Padre, en el Nazaret del cielo.

Lamentablemente, la muerte es también una realidad, muy intensa y dolorosa, de nuestras vivencias familiares. Jesús se hospedaba a menudo en casa de los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro. Era un buen amigo de la familia. Entre ellos había estima y confianza. Esto se nota por la franqueza de los diálogos entre ellos que nos narran los evangelios. Pero llegó el desenlace fatal de la muerte de Lázaro y… Jesús no estaba allí. No llegó a tiempo. Los tres hermanos tuvieron la sensación de que, cuando más necesitaban a Jesús, él no estaba allí.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María. (…) Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Dijo Jesús: «Quitad la losa». (…). Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. (…) Lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal fuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». (Jn 11, 20-44)

  • Ante los hechos dolorosos, desconcertantes y oscuros con los que la vida nos hiere a todos, y ante la muerte, «quedarse encerrados en casa» como hizo María, la hermana de Lázaro, con la resignación de que ya no hay nada que hacer, con la desesperación del llanto, no es la mejor opción.
  • Marta, en cambio, salió de casa a encontrar a Jesús con la queja amarga y sincera en el corazón para decirle que «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Y, también, para abrirse a escuchar lo que Jesús, el Señor, tenía que decir ante aquella realidad tan cruda, insoportable y difícil de aceptar: «¿Por qué mi hermano ha muerto?». ¿De qué ha servido nuestra amistad contigo?
  • Esta escena, pues, nos propone ponernos muy cerca de Marta para que entre también en nuestro espíritu el diálogo entre ella y Jesús. Y sobre todo para escuchar a Jesús y responder como Marta al coronamiento de este diálogo: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?». «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo». El sentido más pleno y definitivo de la vida humana arranca de esa respuesta de Marta a Jesús. Es una adhesión confiada, desde la fe, en Jesucristo, Señor de la vida.
  • «¡Lázaro, sal fuera!», «Desatadlo y dejadlo andar»: esto es un símbolo de la tarea que Jesús pide a la familia: ayudar a los miembros a salir de la «tumba» y a liberarse de las «ataduras» del pasado, los miedos, la tristeza o los pecados, permitiéndoles caminar en libertad y nueva vida.

Para pensar y para dialogar con Jesús en casa

  • El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la Gracia de Dios, y por lo tanto, dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio… ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos! El Señor está siempre listo para levantar la piedra tumbal de nuestros pecados, que nos separa de Él, luz de los vivientes» (papa Francisco).

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