Dilexit te: «Te he amado»

LA EDUCACIÓN HA SIDO SIEMPRE UNA DE LAS EXPRESIONES MÁS ALTAS DE LA CARIDAD CRISTIANA

 

“Dilexi te-Te he amado”, de 9 de octubre 2025, es la primera Exhortación apostólica (documento de carácter pastoral que anima a los fieles a vivir la fe en un tema específico) del Papa león XIV. El papa profundiza y actualiza la enseñanza de la Iglesia sobre el amor a los pobres, el cual se encuentra en el corazón del Evangelio y nos anima a todos a encontrar a Cristo presente en los necesitados de todo tipo. Recordando las enseñanzas de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, así como también la tradición viva, muestra la historia de caridad con la que los santos y tantas personas de bien embellecen el rostro de la Iglesia.

 

El capítulo III de la Exhortación Apostólica, trata el tema de la Iglesia y la educación, en el marco global del servicio a los pobres que es el tema central. Partiendo de la consideración de que el amor de Cristo se hace presente, “carne” en los más pobres y necesitamos, la exhortación, de cinco capítulos, habla del servicio a los mismos como un servicio a Cristo.

 

Desde las primeras líneas el documento nos recuerda que el amor de Jesús hacia los pobres no es una idea bonita sino una forma concreta de vivir. Jesús no solo habló de amor, lo hizo visible con gestos, abrazos, curaciones, cercanía. Subraya también el documento que existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad (n. 9).

 

Precisamente subrayando la pobreza cultural y educativa, el papa dedica varios puntos a reflexionar sobre la misma y la actitud de la Iglesia para intentar paliarla a lo largo de la historia.

 

En el número 68, escribe: “Dirigiéndose a algunos educadores, el Papa Francisco recordó que la educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana: «La vuestra es una misión llena de obstáculos pero también de alegrías. […] Una misión de amor, porque no se puede enseñar sin amar». [56] En este sentido, desde los primeros tiempos, los cristianos se dieron cuenta de que el saber libera, dignifica y acerca a la verdad. Para la Iglesia, enseñar a los pobres era un acto de justicia y de fe. Inspirada en el ejemplo del Maestro, que enseñaba a la gente las verdades divinas y humanas, la Iglesia asumió la misión de formar a los niños y a los jóvenes, especialmente a los más pobres, en la verdad y el amor. Esta misión tomó forma con la fundación de Congregaciones dedicadas a la educación popular”.

 

Bien podríamos aquí recordar al  P. Manyanet, quien, al fundar sus congregaciones religiosas, decía que debían” Trabajar con ardor y con todas las fuerzas, según se las diere el Señor, para que todos los jóvenes, particularmente los párvulos, sean ricos o pobres, reciban una educación e instrucción religiosa y literaria verdaderamente católica (gratuita en cuanto fuera posible)…; así como también dirigir, enseñar y ayudar a aquellos que por falta de vocación o de recursos para seguir una carrera literaria prefieren dedicarse al ejercicio de un oficio de los que se llaman comunes”.

 

Y, en el número 72, tras citar en los números anteriores, ejemplos concretos de compromiso educativo en favor de los pobres,  el papa recuerda que: “Para la fe cristiana, la educación de los pobres no es un favor, sino un deber. Los pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia básica para el reconocimiento de la dignidad humana. Enseñarles es afirmar su valor, darles las herramientas para transformar su realidad. La tradición cristiana entiende que el conocimiento es un don de Dios y una responsabilidad comunitaria. La educación cristiana forma no sólo profesionales, sino personas abiertas al bien, a la belleza y a la verdad. Por eso, la escuela católica, cuando es fiel a su nombre, se convierte en un espacio de inclusión, formación integral y promoción humana. Así, conjugando fe y cultura, se siembra futuro, se honra la imagen de Dios y se construye una sociedad mejor”.

 

El P. Manyanet, con el lenguaje propio de la época, recordaba la importancia de escuelas-talleres “En donde, además de aprender a leer, escribir, contar, dibujar etc., adquieren con perfección el arte u oficio que han escogido, y no son abandonados hasta que tienen aptitud para gabar la subsistencia honradamente, siendo, por lo tanto, útiles a la sociedad”. Y, en el contexto de su época,  manifestaba un compromiso claro: “En nuestra clase obrera ocupado el padre todo el día en el taller y la madre en las faenas de su casa, o en ganar su jornal cuando éstas  no la absorben todo el día, no pueden uno ni otro velar por sus hijos en aquella edad tierna en que se contraen los malos hábitos que duran toda la vida…. ¿No es verdad que a la par que sucede  en las clases pudientes sucede en las clases obreras que si bien en algunas familias el padre y la madre se bastan para educar a sus hijos sin necesidad del colegio, en la mayor parte de ellas es necesario e indispensable el colegio para que los niños reciban buena y cristiana educación?”.

 

El Papa Francisco siempre recordaba que la educación es una de las expresiones más altas de la caridad cristiana. Para la Iglesia el saber libera, dignifica, acerca a la verdad por eso siente que enseñar es una de sus misiones más importantes. En este sentido la educación es un deber y no solo para formar profesionales en los diferentes ámbitos sino para formar personas abiertas al bien, a la verdad, a la belleza; sin miedo a la razón, al contrario, potenciándola al máximo de sus posibilidades como don de Dios. La educación católica es un espacio de formación integral de la persona, de inclusión social, de promoción humana para la construcción de una sociedad más justa y mejor.

 

El P. Manyanet recordaba ¨cuán excelente te sea el ministerio de la enseñanza “que nos hace “continuadores de la misión que Jesucristo vino a realizar sobre la tierra. Es tan digan esta misión que, por ella, “somos también asociados al gran misterio de la Redención y se nos hace partícipes del poder de Dios, ya que trabajar en la salvación de las almas es cooperar a que éstas se conserven y crezcan en su gracia…” y recorran los senderos de una vida virtuosa. Añadía el P. Manyanet que, para los religiosos y educadores “la ciencia no nos es menos necesaria que una santa vida y, por lo mismo, que debemos huir de la ignorancia con tanto cuidado  y empeño como del vicio”.

 

Si en cada persona, particularmente las más vulnerables, “en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón  de Cristo (…) con quien cada santo intenta configurarse”,  ese ha de ser el camino de santificación para cada uno de nosotros. Padres y educadores estamos llamados a volver la mirada a Jesús, cuidando, acompañando, custodiando a cada uno de los que nos han sido confiados, educándoles en la pedagogía del amor y haciéndolo con ternura y firmeza, con confianza.

 

Refiriéndose al primer deber de los padres, el P. Manyanet escribía: “La paternidad es como un sacerdocio; y así como es propio del sacerdote exhortar, predicar y rogar, del mismo modo los padres de familia dentro de su casa deben ser celosos vigilantes y constantes pero prudentes predicadores”. Por esta razón los avisos y  las correcciones necesarias realizadas para mejorar y progresar en la virtud  “es menester que se hagan siempre con oportunidad y con ánimo tranquilo y sosegado, de modo que los hijos se persuadan  que lo que se les dice y enseña  nace únicamente del amor e interés que su bien temporal y eterno  les inspira”.

 

Hemos querido solo subrayar brevemente el aspecto educativo, pero el Papa león XIV en el documento habla de las «nuevas pobrezas»: soledad, adicciones, desesperanza, falta de sentido… y nos invita a mirar más allá de la pobreza material. Porque hay muchos corazones rotos que esperan ser escuchados y un gesto concreto, sencillo de ayuda y acompañamiento. La buena educación es uno de los medios que, a lo largo de la historia, la Iglesia ha puesto a disposición de las personas, particularmente las más vulnerables, por eso la “educación es siempre un acto de esperanza”.

 

J.D.A.

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