En el marco del centenario de la muerte de Gaudí, Barcelona vive expectante. La inauguración de la torre de Jesús, con la presencia extraordinaria del papa León, ha llenado la prensa de artículos, las librerías de nuevos libros sobre Gaudí y su obra, la tele de documentales… Así que, humildemente, nos vamos a fijar, también desde estas páginas, en su obra; mas no en su genialidad arquitectónica, sino en la palabra de Dios que él nos envía con ella.
Unidos para lo bueno
Detrás de la maravilla del Templo hay tres hombres muy distintos entre sí: Manyanet, sacerdote y fundador, será el inspirador del Templo. Bocabella, laico, padre de familia, librero y editor, será su gran promotor y Gaudí, arquitecto y genio, su creador. Cada uno tuvo un papel en la génesis del Templo y dejó hacer al otro lo que el otro sabía hacer. Esa es una gran lección: que vayamos por la vida trazando amistad con aquellos que buscan el bien, que son distintos, que aportan sus dones. Todos somos necesarios, como también lo fue la señora que desde el lejano Tremp envió una limosna para el templo de Barcelona.
Sentir con la Iglesia
En 1869, Manyanet escribe la carta en la que dice haber tenido un pensamiento hermoso: dedicar un Templo a san José. Por su parte, Bocabella ha creado la Asociación de los devotos de san José y convierte Barcelona en un núcleo de fervor josefino. La Iglesia está a punto de declarar a san José patrono de la Iglesia (1870) y Gaudí nunca olvidará a san José cuando él acometa la obra (que ya ha cambiado a Sagrada Familia) de tal modo que está muy presente en la fachada, sí, pero también en su corazón; cuando le preguntaban cómo iban a pagar el Templo, contestaba: «ya pagará san José».
Tres hombres que sienten con la Iglesia, que vibran y se anticipan a la declaración «oficial». Tres hombres que no buscan fama, sino el bien de la Iglesia.
Sueños ambiciosos
A Gaudí le encargaron la construcción del templo… y comenzó a soñar. Podía haber pensado en una iglesia que en 10, 15 o 20 años estuviera construida y acabada, como tantas otras. No midió, no calculó, soñó. Lo peculiar es que los otros no le cortaran alas, no lo hicieron «aterrizar». Nunca cortemos las alas a los hijos, a los alumnos.
Hubo un momento en que Gaudí fue consciente de que su obra lo superaba y supo que no vería acabado el templo. Él no escribía nada, pero en su taller hablaba por los codos, explicaba cada detalle, hacía maquetas… Por suerte, sus discípulos sí tomaban notas. Gaudí, que era un genio, era también humilde. Legó el sueño a otros y comenzó a construir en vertical una fachada y una torre (la de san Bernabé, la única que él vio acabada) para dejar un «modelo» a generaciones futuras.
Profunda simplicidad
Gaudí supo muy bien que su Templo debía ser una palabra para toda Barcelona y para el mundo. Y pensó la construcción con dos ejes que resumen su ideal de vida: el interior del templo está pensado para la adoración y el culto y por ello la Luz es tan protagonista. El exterior, en cambio, quiere narrar la vida de Jesús, quiere ser catequesis, hacer apostolado. Uno pasa a veces por la Pasión, otras por el Nacimiento… y hay una catequesis de piedra que nos habla. Y que nos dice cómo debe vivir el cristiano: por dentro, adorando a Dios. Por fuera, en la vida cotidiana, haciendo apostolado. Si nuestro interior está habitado… nuestra vida habla de Dios.
Una larga paciencia
En un mundo de prisas como el nuestro, se hace difícil comprender el no protagonismo de Gaudí. ¿A quién no le gusta ver culminado el fruto de sus es-fuerzos?
El genial arquitecto vivió incomprensiones, se quedó sin dinero para continuar, abandonó la arquitectura civil, se trasladó a vivir al taller de la Sagrada Familia…
Y lo que él comenzó lo verá desde el cielo. De vez en cuando va bien recordar que educamos para la eternidad, que hay que hacer el bien deprisa sin esperar ver frutos.
Gaudí nos legó su sueño, un sueño en el que han trabajado miles y miles de personas a lo largo de más de un siglo. Personas que no han conocido a Gaudí, pero creyeron en su sueño.
Carrara versus Montjuic
Un dicho popular sentencia que hay que hacer el ramo con las flores que tenemos. Miguel Ángel esculpía su maravilloso arte con mármol de Carrara porque era el material que podía conseguir. Gaudí utilizó las canteras de piedra de Montjuic porque eran las más cercanas y asequibles. Queda demostrado, pues, que con cualquier material se puede crear belleza.
Y es con el material que somos (con ese talante, esos defectos, esas caídas o miedos) que debemos construir una vida bella. Con lo que somos y tal como somos, Dios nos llama a la santidad. A mí me gustan los santos que, antes de serlo, eran unos
«pieza». San Agustín llevó una vida disoluta, no se avenía con su pareja y tuvo un hijo sin que formara un hogar. Al santo cura de Ars, san Juan María Vianney, le costaba tanto estudiar que a punto estuvieron de cerrarle las puertas del seminario. Ig-nacio de Loyola era un presumido de cuidado que cuando supo que podía quedar cojo por la herida de bala, mandó que le rompieran otra vez la pierna y la «pusieran bien». Enamoradizo y, dicen, algo violento. San Camilo de Lelis perdió todo lo que tenía en las apuestas, hasta la camisa que llevaba puesta, por su adicción al juego. La lista sigue y sigue…
Eso sí: todos se dejaron trabajar por Dios. Y hoy son la gloria de la Iglesia. A ver si hacemos lo mismo (aunque tampoco es necesario imitar la primera parte, claro).
La coherencia de la naturaleza
Se ha dicho hasta la saciedad que Gaudí se inspiró en la naturaleza. Y es cierto, él la veía como un cántico sonoro que alababa a Dios continuamente. Y veía en ella la Mano de Dios… mano de la que quería ser continuidad.
Pero la naturaleza nos da a todos una lección de coherencia que Gaudí supo vivir al final de su vida. Si de un manzano todos esperamos manzanas y de un naranjo no nos sorprende en absoluto que dé naranjas… ¿No podemos pensar que de un Padre Santo deben nacer hijos santos? «No hay mayor honra que parecerse a los suyos». ¿Nos parecemos, aunque sea un poquito, a nuestro Dios que es compasivo, que sabe esperar, que no nos abandona nunca, que perdona siempre, que da terceras, cuartas (y las que hagan falta) oportunidades?
El trencadís
Ya en una de estas páginas hablé, hace tiempo, del «trencadís». Pero hoy quiero subrayar lo que Gaudí percibió claramente: que en el «trencadís» el protagonista es la Luz. La Luz es libre y soberana y se reparte sin mirar sobre quién. Transfigura, embellece y da identidad.
Nuestra vida es un «trencadís», pues está formada por etapas diversas, personas que nos han influido, hechos que nos han marcado. Pero no importa el color; lo único que importa es que nos pongamos bajo la Luz de Dios. Dejemos que Él nos revele quiénes somos, nos embellezca… y sea la Luz de Dios la que forje nuestra identidad.
Las puertas de la vida
Gaudí pensó en tres grandes fachadas, de las cuales ya tenemos dos: Nacimiento y Pasión. En total, y si no yerro, pensó en trece puertas de acceso. La de la Gloria tendrá siete que representan los siete sacramentos. Y además están las puertas secundarias, pequeñitas, aquellas que casi nadie ve.
Si quiso hacer o no una parábola en piedra de las vías de acceso a Dios, no lo sé, pero para mí tantas puertas me dicen, alto y claro, que a Dios se llega por muchos caminos. Habrá quien entre en el misterio de la fe desde el nacimiento: familia y raí-ces cristianas, sacramentos habituales… pero también son muchos los que llegan a Dios a través del sufrimiento: una enfermedad, la muerte de alguien querido, tocar fondo en la vida y no tener asidero, una guerra, una cárcel…
Y también hay quien llega a Dios por esas puertas colaterales: un voluntariado que acaba cambiándote, una amistad, la fe de tu pareja… ¡Tantas pequeñas cosas que nadie ve, pero que llevan a la fe!
Deberíamos preguntarnos, padres, educadores, sacerdotes, si yo tengo muchas puertas o soy de los que «hago pasar por el aro». Los caminos hacia Dios son infinitos y no hay uno mejor que otro.
Podría seguir hablando de lo que entre líneas me ha dicho el Templo. Podría hablar de los dragones y los miedos que tenemos, de las tortugas que sostienen columnas, del modelo que usó para Cristo, de…pero la palabra que más me gusta es la de que ese Templo siempre inacabado es imagen de la Iglesia, una Iglesia siempre en ruta, siempre a medio hacer, siempre construyéndose… con la pequeña limosna de todos.
Quieren que en 2033 esté acabado el Templo. Me costará verlo acabado…
Mamria Dolors Gaja y Jaumeandreu, MN (dolors.gaja@natzaret.org)
