Club de Hombres

 

Participo en una jornada de capacitación para profesores de religión en escuelas públicas de formación profesional. Somos catorce colegas de las dos confesiones cristianas, reconocidas como asignaturas en las escuelas públicas de casi todos los estados federales de Alemania: religión evangélica y religión católica. Uno de los participantes se presenta como «evangélico de profesión» y «católico en lo privado». Arranca nuestras risas y se explica: él es diácono evangélico y trabaja desde hace muchos años como profesor de religión evangélica en dos colegios públicos. Su mujer es católica y tienen dos hijas ya veinteañeras. Ningún caso excepcional en nuestro entorno ni en la cultura alemana: un cónyuge es evangélico, el otro católico. Matrimonios mixtos.

 

A la hora del almuerzo compartimos mesa y un diálogo enriquecedor, a pesar de habernos conocido solo unas horas antes. Finalmente, me atrevo a preguntarle directamente por sus hijas y su relación con la iglesia. Le cambia el rostro, pero con una mezcla de paz y resignación me confiesa que sus hijas, a pesar de haber recibido los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, comunión, confirmación) y de haber sido socializadas en un entorno católico, también con la participación convencida del padre, no quieren saber nada de la iglesia, de ese club de hombres donde no encuentran su lugar. Le agradezco su sinceridad y también le comparto una realidad similar con nuestras dos hijas mayores, igualmente veinteañeras.

 

Iglesia doméstica

 

Nunca ha sido fácil la transmisión de la fe que, por otra parte, no deja de ser un don. Nuestros jóvenes viven un mundo que es diferente al que nosotros vivimos en nuestra juventud y completamente diferente al que vivieron nuestros padres de jóvenes. Un siglo, tres generaciones, tres mundos diferentes, pero también con un mismo sentir y con un idéntico anhelo profundo: ser felices.

 

Sigo creyendo que una vida plena y feliz pasa por cuidar y fomentar la relación sana con uno mismo, con los demás y también con el trascendente, que en el caso de los creyentes pasa por reconocer la presencia de Dios entre nosotros, de un Dios personal y misericordioso, revelado en Jesús de Nazaret.

 

Un Dios que es Amor y que, por tanto, es comunitario. Y por eso me consuela, me conforta y me anima que el Concilio Vaticano II y el Catecismo hablen de la familia como iglesia doméstica, una comunidad de vida y amor. Anteponer la persona, la relación, el vínculo a cualquier otra discrepancia es ser testimonio del amor de Dios y es hacer experiencia de iglesia en primera persona.

 

La Sagrada Familia

 

El sueño de Antoni Gaudí, y de tantos otros, de dar visibilidad a la Sagrada Familia, a ese hogar de Nazaret formado por Jesús, María y José, construyendo la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, me ayuda a mirar con esperanza la realidad de mis hijas y de tantos jóvenes que no encuentran su lugar en la iglesia, pero que no cesan de buscar a ese dios desconocido. En la construcción y el mantenimiento de la Basílica de la Sagrada Familia han participado y participan un número incontable de personas. Han pasado 140 años y la obra todavía está inacabada. Y cuando se acabe, estará siempre en estado de mantenimiento. No obstante, para que la basílica sea mucho más que una obra arquitectónica excepcional y se pueda hacer también una experiencia concreta y significativa de la vida que transmite, necesitamos una mediación personal, alguien que nos explique el significado de las piedras y que nos contagie con su vida.

 

Dios quiera que sepamos vivir y transmitir el Espíritu de Nazaret que emana de la Sagrada Familia en nuestro quehacer diario y cotidiano. Que allá donde estemos seamos más artesanos de comunión que ingenieros de división. Y que cada uno pueda encontrar su lugar en una iglesia que está llamada no a ser un club de hombres, sino a ser una verdadera familia de hermanos y hermanas.

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