Todos: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Lector: Jesús, María y José,
Todos: habitad siempre en nuestra casa.
Lector: Proteged a nuestra familia
Todos: y guiadnos hacia la Casa del Padre, en el Nazaret del cielo.
Es la primera vez que Jesús, Dios encarnado, «la Palabra que plantó su morada» entre nosotros los hombres, como un niño al poco tiempo de su nacimiento, es llevado al Templo de Jerusalén: el lugar donde todo judío sentía más próxima, más intensa, la presencia de Dios Altísimo en medio de su pueblo. Con el niño Jesús, es Dios mismo que entra en su casa.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma— para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Y se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
(Para la lectura del texto completo: Lc 2, 21-40)
Simeón da gracias a Dios porque le ha permitido ver a aquel niño que ahora ha tomado en brazos, y de quien anuncia que será el Salvador del pueblo de Israel, y no solo eso, sino «Luz de las naciones», es decir, de todos los pueblos de la tierra, hasta nosotros. Pero junto a estos buenos augurios, no quiere esconder a sus padres, sobre todo a María, que este su hijo será causa de conflictos: «un signo de contradicción». Porque habrá gente que creerá en él, y habrá quien le perseguirá. No lo tendrá fácil. Y María tampoco; todo lo que ocurra a su hijo, a ella la hará sufrir.
¿Cómo entender y aceptar que aquel hijo suyo, sabiendo sus padres mejor que nadie quién es él, por quién y porqué ha sido enviado, que ha nacido en circunstancias tan extraordinarias, no se librará de dificultades y a ellos mismos los hará sufrir?
María y José, entre asombrados y preocupados por lo que les están diciendo sobre el niño Jesús, escuchan y confían en que en todo y por todo se cumplirá el plan de Dios. La confianza en Dios es lo que ayudó siempre a José y a María cohesionarse como familia y a tener fuerzas para afrontar las dificultades.
Porque en el camino de la vida de cada persona, siempre hay buenos momentos y situaciones difíciles. Vivirlo todo confiando siempre en Dios, esto es creer.
Para pensar y para dialogar con Jesús en casa
Santa María y san José, ayudadnos a comprender y amar cada día mejor el mensaje de vuestro hijo Jesús, «luz de las naciones».
Que el Evangelio de Jesús sea siempre luz que da sentido y fuerza a todo lo que nos ocurre en nuestra vida.
Enseñadnos a tener un corazón abierto para acoger y vivir con paz y esperanza lo que Dios espera de nosotros. Amén.
FINAL
Todos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
