Al final de la primera evaluación de este curso, es decir, en navidades, tuve una discusión-diálogo-protesta-enfurruñamiento con un alumno de diecisiete años. Con mala base en la materia que imparto y pocos o nulos hábitos de estudio, se había propuesto aprobar y sus notas alcanzaron lo que a mí me pareció un sorprendente y alegre 4 (sobre 10).
Me buscó hecho una furia, dolido ante tamaña injusticia. Con una paciencia infinita le enseñé sus otras pruebas, trabajos etc.: una gloriosa cosecha de 1 y algún 2.
Pero él solo tenía un argumento porque, nublado el juicio, lo de los promedios le importaba un ardite: había estudiado mucho para el trimestral y “se merecía aprobar”.
Por mucho que le argumenté que un 4, viniendo de los lodos que venía, era una mejora notable y, si perseveraba en el estudio, aprobaría la segunda evaluación, no lo convencí. Ni él a mí, claro, porque frente a numerosos errores solo me decía que se merecía aprobar. Le pregunté, ya cansada, si quería un 5 que fuera un “regalo” injusto y me dijo que no, que “merecía” el aprobado. Se fue enfurruñado y yo me quedé con esa cantinela: “me merezco”.
Yo crecí en una familia donde con mucha frecuencia oía a mis padres decir ante unas palabras de gratitud: “no es mereixen” (no se merecen). ¿Cómo hemos pasado de la íntima convicción de que recibíamos mucho que no merecíamos a la profunda convicción de que nos lo merecemos todo?
Nos merecemos que nos escuchen en el preciso momento en que lo necesitamos, nos merecemos tener un buen viaje de final de etapa o de novios, da igual. Nos merecemos las vacaciones- aunque no hayamos dado golpe-, nos merecemos que allá donde vamos el servicio sea de cinco estrellas.
Esta idea de “merecimiento” es tremendamente peligrosa. En primer lugar, porque la vida es lo que es y no siempre da lo que en justicia – una justicia humana, claro está- correspondería. A unos puede darles una vida regalada que no merecen y a otros una vida difícil…que tampoco merecen. Y por alguna extraña razón cuando las personas que saben lo que es luchar, sufrir y no tener siempre lo que se desea, alcanzan algo suelen ser mucho más capaces de agradecer y disfrutar lo bueno que reciben. Los de la vida fácil suelen ser un saco de quejas e insatisfacciones…ante la más mínima contrariedad (que, trágicos ellos, califican de “injusticia”). En segundo lugar, esa concepción de “merecer” parte de una visión engañosa de uno mismo: es alguien que se percibe como un diocesillo al cual el mundo debe rendir tributo. Y aún más: genera una visión “tuerta” que solo tiene el ojo abierto para mirar lo que no se tiene y olvida mirar lo mucho que sí se tiene. Y eso se llama ingratitud.
Un corazón agradecido sabe y siente que en su vida ha recibido mucho, muchísimo, sin merecerlo. Ve bondad a su alrededor porque percibe que las personas cercanas le han dado mucho…aunque no correspondiera.
¿Y los otros? Esos hermanos que viven la atrocidad de la guerra, el hambre, la violencia…¿se la merecen?
El problema se agrava si son los padres los que piensan que su hijo lo merece todo. Así, por haber nacido y ya. Paso que un adolescente crea que sus esfuerzos deben dar fruto en un visto y no visto y que confunda los deseos con la realidad, pero todo adulto es adulto – digamos adulto maduro- si sabe, con naturalidad, bajarse de ese pedestal imaginario y falso y considerarse no-protagonista.
Sin embargo, nuestros jóvenes lo tienen difícil porque en algunas familias el niño, la niña, es el centro de todo. Y eso no es, no debe ser así. Una cosa es que sea el miembro más débil, pero puede ser un “pequeño colaborador”, uno más construyendo, a su pequeña escala, familia.
El caso es que también los adultos – matrimonios, religiosos…- vamos apostando suavemente por entonar la cantinela de “me lo merezco”. Para remate – fíjense bien- en algunas películas empieza a aparecer un complemento del “merecer” terrible: cuando algunos protagonistas quieren hacer algo – un viaje, una escapada…- pero hay algún obstáculo se acaba solucionando con una frase: “por una vez, nos merecemos ser un poco egoístas y pensar en nosotros”. Bufff!!!
Jesús dijo claramente que cuando hacemos lo que debemos nos toca decir que “somos siervos inútiles” (Lc 17,10) y san Pablo pregunta: ¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido por ti mismo? (1 Cor 4,7).
Abramos los ojos. Y aunque no nos salga mucho… comencemos a agradecer. La ingratitud es una autopista a la infelicidad.
Maria Dolors Gaja i Jaumeandreu M.N.
